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Emilio Tuñón: “La arquitectura confronta necesidades públicas con obsesiones privadas”

Un moderno edificio asentado en el paisaje histórico de la cornisa del Palacio Real de Madrid, y proyectado por el estudio Mansilla+Tuñón, ha sido reconocido en el mismo año con el Premio de Arquitectura Española 2017, concedido por el Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España, y con el Premio FAD en la categoría de arquitectura, entre otros muchos galardones. Se trata del Museo de las Colecciones Reales, un espacio dependiente de Patrimonio Nacional que albergará un sinfín de tesoros artísticos acumulados por las diversas dinastías españolas a lo largo del tiempo.

Conversamos con Emilio Tuñón para conocer las inquietudes del arquitecto y ahondar en la manera de concebir una disciplina en la que pasado, presente y futuro se entrelazan formando un todo.

Fotografías proyectos: Luis Asín

Es inevitable comenzar preguntándote por el multipremiado Museo de las Colecciones Reales, ¿qué mensaje nos pretende transmitir esta pieza?

Se trata de una obra que empieza hace muchos años, que se remonta incluso al proyecto que construye Sacchetti en el siglo XVIII para el Palacio Real en el que, desde el primer momento, plantea el crecimiento de esta pieza única hacia el sur. Un hecho al que también se une el tener un sistema de rampas que baja al Campo del Moro. Concretamente, el Museo de las Colecciones Reales empieza con el Decreto de la II República en 1936 para construir un museo de armas y carruajes. Desde entonces, se llevaron a cabo diferentes investigaciones para ver cómo se podía insertar el proyecto en ese emplazamiento, siendo en el año 2000 cuando tiene lugar el concurso definitivo, nosotros lo ganamos y se construye finalmente el edificio actual.

Es un edificio que completa la cornisa poniente de Madrid, construyendo una extensión natural del Palacio Real hacia el sur y configurando, a su vez, un basamento de la plataforma conformada por la Almudena, el Patio de Armas… Ese punto, el cual siempre había estado inacabado, se remata y completa con este museo.

“La carrera de un arquitecto es una conversación ininterrumpida con la vida”

De la idea a la materialización, ¿cómo se ha ido adaptando a los cambios desde el primer momento en el que se llevó a cabo la propuesta del concurso?

Hay que tener en cuenta que han sido dieciséis años de construcción en los que ha habido hasta cinco presidentes de Patrimonio Nacional y cinco directores de museos, lo que ha provocado la incorporación de diferentes especificaciones y requisitos funcionales. Sin embargo, pese a la gran cantidad de transformaciones y cambios realizados, si uno mira los croquis del año 2000 y lo compara con lo que está ahora construido, en realidad, es lo mismo. Lo bonito de la arquitectura es ver cómo una idea se materializa en un objeto, siendo capaz de catalizar diferentes objetos en función de las necesidades a través de un hilo común.

¿A qué retos arquitectónicos os habéis enfrentado desde su concepción?

Cuando uno lleva a cabo el Museo de las Colecciones Reales en un punto en el que existe un desnivel de casi 28 metros, lo más importante es que, además de un basamento, se está haciendo un muro de contención de la ciudad que contiene el empuje de las tierras. Pero también que actúa a modo de presa, ya que recordemos que el término Mayrit significa la ciudad de los múltiples ríos debido a que todos los arroyos de Madrid iban hacia el Manzanares. Al final el Museo, el Palacio y la Catedral son los tres edificios que están conteniendo todo el empuje de la ciudad hacia el río, desde el punto de vista simbólico y conceptual.

¿Con qué rasgos definirías  el carácter estructural del edificio?

Consiste en un museo descendente, una tipología típicamente urbana en la cual se tiene una colección grande y un solar pequeño, lo que conlleva tener que poner el museo en altura. Normalmente los visitantes entran por abajo, un ascensor les sube arriba y luego van cayendo por las escaleras o las rampas hacia abajo, como es el ejemplo del Guggenheim de Nueva York o el Thyssen de Madrid.

En nuestro caso, al estar en la parte alta de la ciudad, se entra al museo por arriba y al llegar abajo, cuando se finaliza la visita, se coge un ascensor para poder subir. Como consecuencia, nos encontramos con un museo descendente pero invertido, es decir, la gente entra por arriba y va cayendo a las distintas salas. La primera estará dedicada a los Austrias con todo el esplendor de la monarquía, tras la cual bajaremos a la destinada a los Borbones, la modernidad y la llegada de la democracia. La última y tercera sala se reservará a exposiciones temporales, teniendo el visitante la posibilidad de acceder de manera independiente desde el Campo del Moro.

¿Cómo confluyen pasado y futuro en este proyecto?

En nuestra oficina siempre hemos apostado por un tipo de arquitectura que quiere ser contemporánea pero que ancla sus raíces en la arquitectura tradicional. Sin plantear ruptura, sino continuidad. En este proyecto en concreto, hay que tener en cuenta tres principios: los vínculos siguiendo las trazas de Sacchetti de la extensión natural del Palacio Real hacia el sur, los vínculos materiales al estar construido con los mismos materiales que el Palacio (piedra berroqueña y caliza blanca) y, en tercer lugar, la condición de textura urbana. La arquitectura moderna puede llegar a hacer edificios con muros de dos centímetros de vidrio. Nosotros, sin embargo, estamos trabajando con dos metros y medio de materialidad para permitir que haya sombras, que haya texturas.

Los materiales juegan un papel fundamental a la hora de transmitir un concepto o experiencia ¿por cuáles habéis apostado en esta obra?

Nos definimos como arquitectos a los que nos gusta la fisicidad de la arquitectura, la materialidad. Nos interesa el peso, la gravedad, trabajar con materiales que tengan una historia, una tradición, y que se comporten de forma natural con el tiempo. El edificio está hecho con granito Gris Quintana de Extremadura, un material de gran dureza y durabilidad que habla de esa vocación que tiene el museo de permanecer. Además, se ha empleado hormigón blanco en el cual se utiliza piedra caliza para darle ese color igual a la caliza de Colmenar del Palacio Real. Lo que se pretende es establecer una literalidad en la conexión y vínculos que se crean entre ambos espacios.

¿Y el tiempo como material de construcción?

Al comenzar con el Museo empecé a indagar en la manera en la que pensaba Sacchetti cuando diseñó el Palacio Real, cuáles eran los problemas conceptuales, constructivos, topográficos… Todo un proceso que nos lleva a la actualidad y que nos muestra una continuidad. Las personas no somos tan importantes, sino que el tiempo ha sido el que ha ido labrando la realidad. No creo en esa arquitectura que viene con los tiempos dados y una construcción inmediata. De hecho, en el estudio no hay ninguna obra que haya durado menos de ocho años.

El tiempo ayuda a los proyectos, y hay que entenderlo como otro nuevo material de construcción al igual que la luz, los olores, los sentimientos… Me encanta ver cómo los edificios van evolucionando y aceptando el paso del tiempo sin preocuparse tanto como las personas de las arrugas.

¿Cuando está prevista su puesta en marcha?

Ahora mismo se están entregando los proyectos para la museografía a través de un concurso público que se fallará a principios del 2018. Se llevará a cabo en un año, por lo que a principios o mediados de 2019 esperamos que ya pueda visitarse el edificio.

Siempre habéis estado vinculados a los museos, ¿qué rol desempeña la memoria en estos espacios y cómo se relaciona con la arquitectura?

Las personas nos manejamos con dos conceptos: la memoria y la historia. El primero de ellos pertenece al mundo del lenguaje individual, en el cual uno se identifica con aquellas cosas que recuerda, pero que no tienen por qué ser colectivas. Por su parte, la historia es aquello que todos consensuamos que ha ocurrido, se trata de un lenguaje universal. Entre la memoria y la historia, la arquitectura siempre está oscilando.

En el caso del Museo de las Colecciones Reales, se establecen vínculos con la historia, con el Palacio Real, con su extensión, con la Catedral, con el casco histórico, con el origen de Madrid en definitiva. Pero, a su vez, existe el lenguaje de lo individual, la memoria, que hace que cada cosa tenga un valor personal. En esta línea, creemos que la arquitectura se hace confrontando necesidades públicas con obsesiones privadas. Y es en el momento en el que coinciden cuando se produce el éxito de la arquitectura, cuando se reconoce. Siempre trabajamos tratando de satisfacer dichas necesidades públicas, que es algo que pertenece a lo universal y a todos, pero también tenemos nuestro territorio individual, de la memoria, de las obsesiones.

¿Cómo definirías vuestro método de trabajo a la hora de desarrollar un proyecto? 

Tras largos viajes en coche, Luis Mansilla y yo descubrimos que un método de conocimiento de la realidad muy interesante era el conversacional, el cual hemos aplicado tanto a nuestra vida como para entender la arquitectura. En este sentido, es necesario establecer una conversación con todos los elementos, con la realidad, la historia, lo que existe, lo que existió, las intuiciones, lo que la gente quiere, etc. Y esto también lo aplicamos a la docencia. Nuestras clases son siempre una conversación con los alumnos, alejándonos de esa sensación de clase magistral en la cual uno dicta docencia de una manera impostada e importada. Hablando y conversando es como realmente somos capaces de comprender el mundo y dar soluciones.

Hablando del tema académico, ¿crees que los arquitectos están cada vez más preparados?

Creo que nunca ha existido en España gente tan bien formada como hay ahora en todas las disciplinas. Ya sea gracias a la Universidad, a los Masters, a los Erasmus, a los viajes, al aprendizaje de idiomas… La cultura que hay en España nunca había sido tan buena. El problema es que las oportunidades con diez años de crisis a nuestras espaldas son menores. Es decir, tenemos gente más formada pero menos oportunidades.

“Nos gusta la fisicidad de la arquitectura, trabajar con materiales que tengan una historia, una tradición”

¿Cómo fue trabajar en el estudio de Rafael Moneo?

Tanto Luis como yo estuvimos diez años en el estudio de Rafael Moneo, un gran maestro con el que estamos muy agradecidos ya que nos proporcionó un marco intelectual en el cual poder establecer una conversación natural entre dos personas que nos sentíamos muy diferentes. Trabajar con Moneo supuso una década realizando proyectos con una persona a la que admiro y tengo un gran respeto.

¿Cuál fue tu primera obra? ¿Cómo valorarías la evolución de los proyectos que has llevado a cabo? 

Nada mas acabar la carrera, en el 82, hice una pequeña obra en Alcalá de Henares, un retablo de la Sagrada Forma que ya hablaba de esta obsesión por establecer vínculos entre la historia, la memoria y la contemporaneidad. Quien vea esta obra y el Museo de las Colecciones Reales se dará cuenta de que en realidad siguen existiendo relaciones. En el fondo, la carrera de un arquitecto no se puede entender obra a obra, sino como una conversación ininterrumpida con la vida, desde el principio hasta el final.

Y de cara al futuro, ¿qué otros proyectos tienes en mente?

Además de los proyectos que estamos realizando en Suiza, en España seguimos en proceso de construcción de la segunda fase de la Fundación Helga de Alvear en Cáceres, la cual acoge la colección más importante de arte contemporáneo que hay en España. También estamos empezando con la ampliación del hotel y restaurante Atrio, haciendo una rehabilitación de un palacio y ocupándonos de algunas viviendas.

En definitiva, se trata de proyectos de menor escala pero con los que nos sentimos muy a gusto ya que tienen problemas urbanos, de conservación del patrimonio o de relación cercana con los clientes que nos resultan muy enriquecedores e interesantes.

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