Contra los gourmets 2.0 sin escrúpulos. Por Pepe Tomás Febrel

Mis lecturas estivales este año han estado centradas, entre otras, en la figura de Manuel Vázquez Montalbán, al que se le recuerda poco en mi opinión últimamente. Además de acompañar al detective Carvalho por tierras asiáticas en Los pájaros de Bangkok, cayó en mis manos un condensado pero delicioso ensayo gastronómico titulado Contra los gourmets. El certero escritor repasa en él cómo se ha alimentado el ser humano desde que se cruzó con el fuego, como fue desarrollando las técnicas para alimentarse condicionado por su entorno y fue creando así el principio de lo que hoy conocemos como gastronomía. Nos ilustra también de una manera concisa y clara sobre la historia de la cocina en su contexto temporal, desde el antiguo Egipto hasta la última década del pasado siglo XX, sobre sus liturgias y los placeres más elementales relacionados con nuestros hábitos a la hora de comer y de beber vino como elemento acompañante a la hora de sublimar el acto de disfrute que es, sin duda, la comida.

Arranca el libro Manolo, permitidme la familiaridad, criticando la figura del Gourmet como intermediario entre la necesidad o el placer de comer y como crítico perteneciente a una vanguardia orientadora del gusto en la parcela que precisamente, da sentido a la palabra gusto. El crítico era y es, un orientador que vende su propia necesidad, que se auto-legitima como un gurú situado por encima del paladar común. Nos hace ver cómo la divulgación del saber y la socialización del patrimonio, han relativizado el papel del crítico en todos los territorios de la creatividad salvo en el de la gastronomía, tal vez porque el saber gastronómico se ha masificado más tardíamente que el literario o el artístico. Debemos tener en cuenta que la edición del libro es de 1990.

También nos habla sobre la peligrosidad del sacerdocio del gourmet, que no es tanta como en el ámbito religioso o político, pero se hace eco de la creciente cultura de la participación frente a una cultura escindida entre la prepotencia del emisor y la sumisión del receptor. Acierta cuando dice que el gourmet está creando mitos gastronómicos y endiosando ciertos tipos de cocina o ha introducido modas que, en su aportación más positiva, provocan una curiosidad del paladar para el aficionado de a pie.

Lo que Manolo no llegó a comprobar, ya que falleció en 2003 precisamente en Bangkok, es cómo esto último, la democratización de la opinión o la crítica, y la facilidad que la tecnología pone en manos de cualquiera a través de las redes sociales, ha supuesto que la influencia de personas con opiniones y críticas arbitrarias se hayan popularizado de forma peligrosa por el uso que de ellas pueden llegar a hacerse.

Pues bien, los últimos días se han hecho públicas ciertas prácticas, poco honestas cuando menos en mi opinión, por parte de personas influencers, en la jerga 2.0, que venden y condicionan su opinión en forma de reseña de blog, fotos, audios, frases cortas…, dependiendo de la red social en la que se muevan, a cambio de la invitación a comer o cenar en un determinado local de restauración. Dicho de otra manera, que si no les invitan a comer o, incluso, no les pagan la cantidad de dinero que ellos estipulan, amenazan al hostelero en cuestión con escribir opiniones y reseñas negativas en dichos medios hacia el establecimiento y la comida que en él se sirve.

Y es por esto que me acordé de lo que Vázquez Montalbán decía en su magnífico libro “contra los gourmets” y la amenaza que intuía con su perspicacia pero que el “tsunami” de la era digital ha dejado en pañales. La absoluta tiranía de aquellos a los que ni siquiera se les puede considerar críticos gastronómicos, pero que malvenden su opinión con el arma peligrosa de una cierta cantidad de seguidores. A mayor cantidad de estos, más poderosa es el arma, lógicamente, y por tanto, la influencia que en ellos pueden ejercer.

Pues bien, esta gentuza que utiliza este impuesto revolucionario debería ser desposeída de la careta que la tecnología les proporciona y ser señalada con el dedo para que todos sepamos quiénes son. Lograríamos con ello que pierdan eso que les parece tan valioso, su capacidad de influir sobre otros que no tienen tiempo, conocimientos o ganas de cribar la paja del grano por ellos mismos.

Lo primero que deben entender es que detrás de un negocio y un menú colocado en una mesa, en la mayoría de los casos hay un arduo trabajo, así como un gran esfuerzo y dedicación a una profesión honesta y generosa que es la de dar de comer lo mejor posible a su clientela con el fin de que salga satisfecha de su local y, en el mejor de los casos, vuelva o lo cuente en su entorno cercano.

A nadie le puede sorprender, hoy en día, que un acuerdo entre dos partes que se benefician mutuamente pueda llegar a ser lícito, pero lo que no es admisible es utilizar o amenazar con el descrédito a profesionales mediante el “impuesto revolucionario” de ponerle a parir en la red. Lo que además me indigna, sobremanera, es que encima suele tratarse de gente que no hace más esfuerzo por subsistir que el de coger su smartphone o su tablet y en un par de minutos pretender arruinar años de esfuerzo económico para levantar la persiana de un negocio sensible como es el hostelero por el simple hecho de ser un local público.

Por mi parte, ahí se mueran de hambre porque nadie acceda a sus chantajes.

¡Qué a gusto me he quedado Manolo! ¡Deberíamos leerte más!

José Tomás Febrel es experto en gastronomía y maridaje, y autor del blog nacidosparacatar.com