La picaresca en los hoteles evoluciona: de las toallas al 2.0

Málaga, 14 ago (EFE).- Las toallas siguen siendo un clásico entre los objetos que algunos clientes deciden llevarse de recuerdo de los hoteles, pero la picaresca también evoluciona. Ahora la “estrella” es la amenaza de escribir un comentario negativo en las redes sociales, todo para conseguir un descuento en la estancia.

Internet ha revolucionado el turismo y no solo por la facilidad para organizar directamente los viajes e informarse previamente de los destinos, sino por la posibilidad de compartir experiencias con otros usuarios, una ventaja de la que algunos avispados quieren sacar partido.

La amenaza de un comentario negativo en las redes sociales es una “moda” para intentar que la estancia les resulte más barata, ha afirmado a Efe el vicepresidente de la Asociación de Empresarios Hoteleros de la Costa del Sol (Aehcos) y director del hotel MS Maestranza de Málaga, Francisco Moro.

Normalmente son quejas sin fundamento y los clientes desisten cuando el personal del establecimiento les dice que sigan adelante si lo desean con el comentario, ha afirmado.

Con el mismo fin de lograr una rebaja, otros se quejan de que la camarera no les haya hecho la habitación cuando regresan porque alegan “que les ha roto el descanso”, o de que no haya piscina en su hotel aunque en ningún caso se haya publicitado este equipamiento porque supone una “decepción” en sus expectativas.

Además de buenas dosis de templanza y firmeza del personal, según los casos, los empresarios combaten la picaresca con un mayor control en sus instalaciones.

Así tratan de evitar que se cuelen más personas a dormir de las que figuran en la reserva sin pagar la diferencia, que desayunen gratis algunos clientes cuando sólo se ha contratado el desayuno para uno de los huéspedes de la habitación, o accedan al restaurante con el mismo fin los inquilinos de los apartamentos cercanos al establecimiento.

También se aprende de otras prácticas fraudulentas relativas a los pagos o la de rellenar las botellitas de ginebra o whisky del minibar con agua y orina, respectivamente, algo que casi ha desaparecido.

Uno de los “trucos” en el pago consistía en hacer la reserva a nombre de una persona pero abonarla con la tarjeta de crédito de otra, que después alegaba que no había estado allí y lograba así que la entidad emisora de la tarjeta anulase la operación.

Para evitarlo, si otra persona distinta de la que se aloja efectúa el pago, ahora se exige una copia de su tarjeta, el DNI y un escrito en el que autoriza el cargo, según Moro.

Igual de precavidos son ya los recepcionistas cuando piden a los turistas que abonen sus gastos al final de su estancia, pues se han dado casos en los que piden que les guarden las maletas para sacar dinero del cajero y aún no han vuelto.

Hay otros clientes que deciden ahorrar en su economía doméstica a la vuelta de sus vacaciones y se llevan desde los mandos de la televisión a las pilas que contienen, las bombillas de bajo consumo de la habitación o las cucharillas de café.

Hasta hay quien se enamora del jarrón con flores de plástico del baño, el reluciente termo del desayuno o la bonita tetera del servicio de habitaciones y decide incorporarlos a su hogar.

La picaresca también da para anécdotas, como la de un extranjero que se alojó en otoño de 2014 en una habitación del hotel Maestranza con vistas a la plaza de toros y después quería que le invitaran “en compensación” porque decía ser antitaurino.

El hotel le respondió que no podía acceder a su pretensión porque podría volver a tener una habitación orientada hacia el coso taurino y no sabía cuántos fines de semana iba a tardar en compensarle.

Según el empresario Miguel Sánchez, presidente del Consejo de Turismo de la CEA, hay menos picaresca que años atrás porque los hoteleros han “tomado cartas en el asunto”.

No obstante, apunta que a veces hay “algún listo”, como el que hace un garabato en lugar de su firma real al cargar las consumiciones en la cuenta de la habitación para intentar no abonarlas al final de la estancia.

María del Mar Domínguez

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