La industria del ladrillo tradicional se desmorona sobre millones de indios

Jhajjar (India), 2 abr (EFE).- Miles de hornos de ladrillo tradicional tienen sus días contados en la India ante una nueva normativa ambiental impuesta por el Gobierno que para muchos será infranqueable y amenaza el futuro de millones de trabajadores de la llamada “industria de los pobres” del país asiático.

Anil Manjhi emigró hace una década desde el este de la India a Jhajjar, en el estado norteño de Haryana, para trabajar en un “bhatta”, como se denominan en hindi a las fábricas de ladrillos, en la que cobra 18.000 rupias mensuales (unos 257 euros) por producir manualmente mil unidades diarias.

Cada año durante el monzón, cuando las lluvias impiden cocer el barro, vuelve a su tierra de origen, Bihar, en el este del país, para regresar a Haryana para los siguientes nueve meses

“Nuestra vida en Bihar es mucho peor, nos dedicamos a la construcción o a la plantación de arroz por lo que dependemos de las lluvias y cobramos hasta tres veces menos trabajando muchas más horas”, contó a Efe Anil Manjhi, de 36 años y con tres hijos.

Pero este trabajo ingrato que ahora le permite asegurar un techo y comida para su familia está abocado a desaparecer y las pocas certezas con las que contaba se tornan dudas.

El futuro de su fábrica y las otras 500 que hay en la misma población está en entredicho por el Proyecto Nacional del Ladrillo, presentado el año pasado por el Centro para la Ciencia y el Medio Ambiente para imponer tecnologías limpias en el sector que reduzcan la emisión de gases de efecto invernadero, que ahora superan los 100 millones de toneladas al año.

El plan implicará cerrar o adaptar más de 140.000 hornos que dan trabajo a unos de 30 millones de personas, según indicó a Efe el presidente de la Federación de Productores de Ladrillos y Azulejos de la India, Harish Kumar.

Algunos estados, como Delhi, ya han empezado a aplicar la nueva regulación propuesta por el Gobierno central, pero ninguna de las medidas adoptadas incluyen mecanismos de compensación para propietarios ni empleados, ni un plan para recolocar a las millones de personas que pueden perder su trabajo.

“Si los políticos no se dan cuenta de cuál es verdaderamente el escenario de la industria y no piensan en los trabajadores de la tierra, convertirán a cientos de miles trabajadores en marginados y antisistema”, denunció Kumar.

La transformación en el territorio de Delhi se ha saldado con 250.000 nuevos desempleados porque solo el 30 % de las fábricas ha podido financiar la adaptación.

“En los últimos años hemos tenido pérdidas y muchos no podemos costear los 5 millones de rupias (70.000 euros) que se necesitan para adaptar cada fábrica”, denunció a Efe Dharmendra K., dueño de la fábrica O.M., que reclama créditos accesibles para facilitar la transformación.

Pero las implicaciones de la reestructuración del sector trasciende de lo meramente económico en estas “bhattas”, donde aún perduran muchos de los estigmas del sistema de castas.

“Este tipo de leyes que no tienen en cuenta a los trabajadores demuestran que el sistema de castas no está superado en la India: los políticos son la cabeza y la gente humilde los pies manchados de barro que hacen que el país camine”, explicó Mathew K.V., uno de los responsables del centro que la congregación Don Bosco tiene en la zona.

En las “bhattas” todos los miembros de la familia trabajan sin jornadas de descanso para ayudar a cumplir el objetivo de ladrillos diarios asignado al padre, el único miembro considerado como empleado.

“No tienen perspectivas de futuro, ni percepción del pasado, todo su mundo es la fábrica y su único horizonte el objetivo de ladrillos a cumplir”, analizó Singher, un técnico con quince años de experiencia sobre el terreno que trabaja para Don Bosco en las fábricas.

Pero Manjhi parece poner en cuestión esa afirmación mientras mira sonriente a la menor de sus hijas, que duerme en una especie de cuna junto a su puesto de trabajo, ajena aún a las dudas que asaltan a su padre.

“Muchos de los hijos de mis compañeros trabajan con ellos para ayudarles a cumplir el objetivo, pero los míos han empezado a ir a la escuela porque sé que cuando sean mayores todo esto habrá desaparecido”, explicó Anil Manjhi.

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