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La conjura de los mediocres

Por: Juan Díaz Cano, presidente de la Real Liga Naval Española

En alguna ocasión he escuchado defender que la realidad histórica de nuestro país se debía a una especie de extraña conjura de siniestros personajes que desde hace siglos han venido actuando bajo consignas programadas encaminadas a impedirnos alcanzar los estándares sociales, políticos y económicos de los países más próximos al nuestro. Aunque la idea resulta sugestiva desde el punto de vista intelectual, la verdad es que éste no pasa de ser un aserto falaz.

La deriva histórica de España, al igual que la del resto de naciones, tan sólo responde a actuaciones y a hechos provocados por los dirigentes que han regido los designios de éstas. Lo que realmente diferencia al resto de países del nuestro es la mediocridad histórica de nuestra clase dirigente, incluyendo en ésta a nuestros directivos empresariales. Una clase dirigente que se beneficia torticeramente de la escasa atención que la Historia presta al mediocre y al derrotado. Napoleón pudo haber triunfado en Waterloo si un mediocre general llamado Grouchy, al que la historia ha postergado al ostracismo, simplemente hubiera desobedecido sus órdenes.

Si centramos este discurso sobre el sector marítimo en España alcanzaremos a observar que la imagen que éste arroja no es sino consecuencia de la mediocridad de sus principales actores. Treinta y dos años después del ingreso de España en la CEE comprobamos cómo nuestra flota pesquera, que representa el 29% de la comunitaria tan sólo accede al l1% de las capturas. Pero ¿se acuerda alguien del nombre de los responsables que negociaron las condiciones de entrada de nuestro país en el entramado comunitario? Seguramente no.

Cuando examinamos la menguada realidad de nuestra Marina mercante  vienen a la memoria tristes episodios como la Sociedad de Gestión de Buques, Lexmar, los Planes de Viabilidad, los Planes de Flota o las opacas privatizaciones de navieras estatales. Pero, ¿se acuerda alguien del nombre de uno sólo de los responsables de aquellos desaguisados? Seguramente no.

Buscar culpables a la situación por la que atraviesan nuestros astilleros supone retroceder en el tiempo a los años ochenta del siglo pasado y observar la reconversión naval llevada a cabo por los distintos gobiernos españoles incapaces de enfrentarse a las presiones comunitarias. Pero ¿se acuerda alguien del nombre de alguno de los personajes que con su negligente actitud decidieron que la economía española acabaría siendo una economía de servicios y nunca más una economía industrial? Seguramente no.

Fijando nuestra mirada en la falta de competitividad de nuestros puertos, comprobamos que ésta se debe, en esencia, al modelo intervencionista que desde la Transición han mantenido todos los gobiernos. Pero ¿se acuerda alguien del nombre del responsable de crear la figura de las Autoridades Portuarias, o del nombre del responsable de crear en su momento las Sarebs como medio de sostener el modelo de la estiba? Seguramente no.

¿Recuerda alguien el nombre de alguno de los responsables del INI que década tras década cargaron de números rojos las cuentas de explotación de las compañías navieras afectas al Instituto? Seguramente no.

Todo lo referido son tan sólo simples ejemplos que vienen a mostrar que la realidad de nuestro sector marítimo no es más que la consecuencia lógica de actuaciones mediocres de personajes a los que la pequeña historia siempre acaba absolviendo por la vía del olvido. Esa es su gran suerte.

 

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