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Carme Pinós: “Mi arquitectura procura ser dialogante, ofrecer recorridos transversales”

Desde el diseño de un salero hasta su implicación en la transformación urbana de la Plaza de la Gardunya, pasando por emblemáticos proyectos como CaixaForum Zaragoza o el cementerio de Igualada, para Carme Pinós no hay límites cuando se trata de proyectar. La honestidad y el respeto son su punta de lanza a la hora de afrontar nuevos encargos, en los que apuesta por una arquitectura arriesgada pero responsable.

Te graduaste en 1979, ¿ha cambiado tu manera de concebir la arquitectura después de cuatro décadas?

La llegada de la democracia dio lugar a un período muy particular en España, de gran entusiasmo y ganas de hacer cosas nuevas. Empezaron a surgir muchos concursos que se convocaban con la motivación propia de hacerlo, eran más trasparentes, a diferencia de ahora que se tienen que convocar obligatoriamente. Cuando acabé la carrera ya era pareja con Enric [Miralles], juntamos fuerzas, investigamos y empezamos a enfrentarnos a la arquitectura de una manera muy abierta. Nos basamos en una manera de ver el mundo, una filosofía de hacer las cosas, que es la misma que tengo ahora. Ganamos concursos, tuvimos éxito y nos fuimos labrando una trayectoria, todo lo que descubrimos juntos es la base de lo que soy a día de hoy.

¿Qué es lo primero que te viene a la cabeza cuando te preguntan por arquitectura?

El ámbito en el que se socializa, donde la civilización se desarrolla, un lugar de relaciones que nace de una demanda social. Dicen que la arquitectura nos protege de la naturaleza, pero también una cueva te protege de ella. Va más allá, trae siempre consigo unos valores sociales.

¿Qué hay que ofrecer a los ciudadanos a día de hoy?

Hay que hacer una ciudad amable, un lugar de convivencia en donde podamos identificarnos como comunidad. Hoy en día la ciudad parece un impedimento para desarrollarnos y, precisamente, debería ser al contrario, nos tiene que ayudar a relacionarnos, a socializarnos, a dignificarnos. A veces las ciudades se han vendido demasiado al mercado y han pasado por encima de los ciudadanos.


Delegación de la Generalitat de Cataluña en Tortosa (Tarragona). ©Jesús Arenas

¿Qué análisis harías de la situación actual de nuestras ciudades?

Por un lado, hay un mercado déspota que va urbanizando cada trocito que puede y, en paralelo, se está llevando a cabo la recuperación de los cascos antiguos, una conciencia por parte de la administración de recuperar los espacios para el ciudadano. Un ejemplo en el que está reflejada esta contradicción es en Nueva York, donde nos encontramos con el Midtown, que va creciendo con rascacielos estrechos y ridículos porque hay un mercado capaz de pagar por un apartamento lo indecible. Y en cambio, la cara más amable se encuentra al Oeste de Manhattan, que se está peatonalizando y abriendo al río Hudson, con iconos como el Museo Whitney de Renzo Piano.

Se podría decir que mi arquitectura es arriesgada, pero intenta ser responsable

Volvamos al otro lado del charco y examinemos urbes como Barcelona, ¿qué mejorarías?

El problema de Barcelona es que ha primado el turismo por encima de la ciudadanía. Por ejemplo, soy muy crítica con el nuevo Port Vell, un puerto en el que antes la gente podía caminar al lado del agua y ahora nos encontramos con una valla transparente con grandes yates que me indigna. Y lo mismo pasa en el mercado de la Boquería, que ha dejado de ser el mercado de los barceloneses para ser el espacio de la gente que baja de los cruceros con todo pagado y solo tienen dinero para comprarse unos vasos de fruta o unos cucuruchos con trocitos de jamón. Esto no significa que esté en contra del turismo, pero sí de no vendernos. La ciudad pertenece a los ciudadanos, es sagrada, en ella vamos a tener la posibilidad de encontrar trabajo, pareja, amigos, identificarnos con nuestro territorio… No puede estar en venta.

¿Con qué restricciones se encuentra el arquitecto a la hora de diseñar?

El problema es que hemos creado una sociedad basada en la desconfianza y en la falta de voluntad de asumir responsabilidades, todo tiene que estar reglamentado con leyes y ordenanzas porque nadie quiere ser responsable de nada.

Y pese a todo ello, ¿cómo es tu arquitectura?

Se podría decir que mi arquitectura es arriesgada, pero intenta ser responsable. Además, procura ser dialogante, intento no encerrar, dejar siempre una escapatoria, ofrecer recorridos transversales.

¿Es España un lugar para que los arquitectos sean creativos y puedan llegar a conmover con sus obras?

Nuestro objetivo tiene que ser el de entusiasmar, provocar, suscitar, si no pensara que puedo lograrlo abandonaría mi profesión. Cada proyecto que empiezo lo hago con la voluntad de emocionar, de entrar en relación con el contexto, de ofrecer al usuario una experiencia.

“Me gusta que en mi arquitectura el usuario se sienta libre, tiene que ofrecer intimidad y cobijo”

La búsqueda de la poética es una constante en todos los proyectos del estudio, ¿qué trasfondo hay detrás de cada uno de ellos?

Precisamente la poética es lo que hace que los edificios sean arquitectura, un edificio sin poética se reduce a resolver problemas, no puede decirse que sea arquitectura. Por otro lado, me gusta que en mi arquitectura el usuario se sienta libre, tiene que ofrecer intimidad y cobijo y que permita mil maneras distintas de interpretarlo y vivirlo.

Pongamos en ejemplo, ¿de qué habla la Escola Massana, en Barcelona?

El interior de la escuela es abierto y unitario, hay muchos espacios que no tienen un uso concreto, sirven para fomentar la relación de los estudiantes en los pasillos, te encuentras con escaleras que están volando, que tienen vistas por todos lados, son anchas… me encanta verlas llenas de alumnos sentados en los escalones. Ahora han permitido que entren con las bicicletas, como si fuese un espacio abierto.

Detrás de los diferentes CaixaForum distribuidos por territorio nacional, hay grandes firmas como Herzog & de Meuron en Madrid o Vázquez Consuegra en Sevilla, ¿qué rasgos comparte el proyecto de Zaragoza con sus homólogos en otras ciudades?

Cuando me llamaron para hacer el concurso en Zaragoza tomé como referencia algunos rasgos presentes en los que por aquel entonces estaban construidos. Del proyecto de Madrid me gustaba la voluntad de que el barrio de las Letras llegase a la Castellana, en cambio me disgustaba la escalera y la relación entre las salas, uno no se sitúa. Con respecto a Barcelona, como era una antigua fábrica, cuando pasas de una exposición a otra sales a un espacio exterior que permite oxigenarte. En el caso de CaixaForum Zaragoza, tenía un barrio detrás que, durante muchos años, había estado separado del casco antiguo por las vías de los trenes, por lo que se presentó una gran una oportunidad de conectarlo. No puse salas enfrentadas, ni una encima de otra, sino que cuando el visitante sale de una pieza ve por debajo la ciudad. Quería ofrecer al usuario, antes de entrar a otra exposición, un espacio de descompresión, de vista lejana.

¿Qué puedes contarnos del MPavilion 2018?

Desde el momento en el que me propusieron hacer el pabellón me dieron toda la libertad del mundo. Empecé a pensar en abstracto y estuve meses sin sacar nada en claro, hasta que por fin viajé a Melbourne. Analicé el lugar, vi el antiguo pabellón, descubrí cómo lo usaba la gente… y en el avión de vuelta ya lo tenía. El pabellón lo podríamos describir como dos planos que doblándose y entrecruzándose forman el espacio de reunión.

“La ciudad nos tienen que ayudar a encontrar nuestra identidad y dignidad”

¿Hay algún proyecto por el que sientas especial devoción o que haya supuesto un antes y un después en tu trayectoria?

Siempre digo que estoy enamorada y que siento cariño por el último proyecto que haya llevado a cabo. En el caso de la primera torre Cube, en México, significó un punto de inflexión en mi carrera, me hizo creíble. A día de hoy, me emociona el proceso de transformación de la Plaza de la Gardunya en el corazón de Barcelona, mi ciudad.

Has llevado a cabo encargos en México, Austria o Francia, ¿cómo es trabajar en estos países?

Intento siempre conocer la cultura del lugar, leer mucho el contexto, con mucho respeto, escuchando, informándome de todo. Nunca voy con ideas preconcebidas, estoy abierta a todo, empapándome de lo que percibo y respondiendo después con el máximo respeto para poder cumplir tanto los deseos del cliente como los míos propios.

¿Y siendo mujer? Tanto fuera como dentro de nuestras fronteras.

En general, el mercado es muy abstracto, machista y especulativo, de grandes palabras. Para entrar en él una tiene que exhibir su lado más masculino, cuando lo mejor de las mujeres es precisamente nuestro lado femenino, la capacidad de saber escuchar, de no hacer gala de imposición, de ser más flexibles… No estamos tan educadas en ganar o perder, pero aún al mercado le gusta esta exhibición de poder y hacernos creíbles en este mundo aún es complicado. En este sentido, lo más difícil es conseguir encargos, que nos den la palabra. En el momento en el que me dejan hablar, ya me sé ganar a quien me pregunta.

Son muy importantes los cimientos de tus proyectos pero, ¿qué cimientos sostienen a Carme Pinós?

La honestidad y el respeto, no solo con los demás, sino conmigo misma. Es como un amortiguador que me permite sortear todas las adversidades.

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About Laura García-Barrios

Coordinadora Editorial NAN Arquitectura y Construcción

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