«Busco cuenta de repartidor para alquilar»: el mercado negro de los «riders»

Madrid, 30 may (EFE).- Alrededor de plataformas como Deliveroo, Glovo o Ubereats ha florecido un mercado negro en el que se comercia con cuentas para poder ser repartidor de estas empresas, una vía de ingresos a la que recurren inmigrantes sin papeles y personas que buscan no tener que pagar la cuota de autónomos.

Así se desprende de decenas de mensajes públicos que figuran en anuncios clasificados, foros y grupos en redes sociales y han confirmado miembros de este colectivo a Efe, que desvelan una práctica que es «vox populi» en el sector desde hace años.

El fenómeno ha salido a la luz tras la muerte en accidente de tráfico el sábado en Barcelona de un repartidor nepalí cuando entregaba un pedido de Glovo, empresa que ha apuntado que no estaba dado de alta en su aplicación como colaborador y que operaba con el nombre de otro.

Mientras que las compañías aseguran que toman medidas para controlar que estas cesiones no se produzcan, repartidores hablan de un sistema que se retroalimenta y en el que todas las partes se benefician.

A las empresas les interesa contar con «riders» suficientes para atender pedidos en las horas punta y valoran más a aquellos que están disponibles en esos momentos, y los repartidores quieren figurar como activos cuantas más horas mejor para tener más opciones de recibir encargos también en las horas valle… aunque sea compartiendo la cuenta o cediéndola a otra persona.

Miembros de este colectivo explican que la mayoría se da de alta en varias aplicaciones, por lo que algunos llegan a acuerdos con terceros para que trabajen con su nombre.

«Hay gente que cobra un porcentaje en función de lo que ingresas, otros sólo quieren lo que se gastan en la cuota de autónomos y otros piden un pago inicial por alquiler», revela uno de los repartidores que busca por Internet una cuenta de este tipo.

Hay casos de toda clase, desde «riders» que comparten la cuenta durante horas o días, hasta otros que la alquilan por meses a precios que pueden superar los 200 euros. «Hay muchos que se aprovechan», asegura un arrendador.

Para evitar esta práctica ilegal, Glovo da la opción a clientes y tiendas para que puedan denunciar si la identidad del repartidor no coincide con la que figura a la hora de realizar el pedido; no obstante, reconoce que las actuales medidas son «insuficientes» y en los últimos dos meses apenas ha desactivado 17 cuentas -dispone de cerca de 7.000 «riders»- por este motivo.

«Yo tengo una cuenta de Glovo, que comparto con mi pareja, he alquilado la de Ubereats y estoy esperando a que me acepten en Deliveroo», explica, bajo condición de anonimato, otro de estos arrendadores.

En su opinión, esta práctica «es buena para todos», ya que permite tener ingresos a personas necesitadas de recursos, sobre todo inmigrantes recién llegados a España que todavía no tienen todos sus papeles en regla para poder darse de alta como autónomos.

«Hay mucha gente de Venezuela interesada», apunta esta misma fuente. Un rápido vistazo a grupos de venezolanos en España en Facebook corrobora la existencia de decenas de personas de esta nacionalidad en búsqueda de una cuenta para empezar a repartir.

Según su experiencia, la clave para lograr ingresos suficientes con los que pasar el mes pasa por «conseguir horas» y, para ello, «es vital estar pendiente todo el día de la aplicación y ser rápido» para acceder a franjas que van quedando libres conforme pasa el día, a medida que algunos repartidores que inicialmente iban a trabajar avisan de que no están disponibles.

Un portavoz de la asociación «Riders x Derechos» incide en que muchos de quienes alquilan estas cuentas lo hacen sin ánimo de lucro: «De esta forma otro trabaja, gana algo de dinero y a la vez te mantiene la puntuación alta. Salimos ganando los dos».

La muerte del «rider» del sábado en Barcelona y la celebración mañana viernes de un juicio contra Deliveroo en Madrid por el supuesto uso de «falsos autónomos», ha colocado bajo lupa a un sector que, pese a la polémica, crece a doble dígito en España.

Óscar Tomasi

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