El profesional vocacional y muy implicado, el que más se quema en el trabajo

Valencia, 1 jun (EFE).- Las personas que ejercen su profesión con mucha implicación y de manera vocacional son quienes tienen mayor riesgo de verse afectadas por el «burnout» o síndrome de quemarse por el trabajo, un proceso crónico que puede llevarles a sufrir depresión y problemas psicosomáticos que precisen una baja laboral.

Así lo asegura en una entrevista con Efe el catedrático de Psicología Social y de las Organizaciones de la Universitat de València (UV) Pedro Gil-Monte, quien subraya la importancia de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) considere ya el «burnout» un problema de salud vinculado al empleo y el paro.

«Esto supone un giro de 180 grados», afirma el doctor en Psicología, que añade que puede contribuir a que en España se replantee la entrada de este síndrome en el cuadro de enfermedades profesionales, ya que en la actualidad está tipificado como «accidente laboral».

Gil-Monte, que dirige la Unidad de Investigación Psicosocial de la Conducta Organizacional de la UV, señala que si se llama a este problema «síndrome del trabajador quemado», como se ha popularizado, se culpabiliza a la persona de la situación, cuando desarrolla la enfermedad por «unas condiciones laborales que no son adecuadas».

«No es la persona la culpable de que eso ocurra, sino unas condiciones de trabajo que no son saludables», indica para explicar que este síndrome es «una respuesta al estrés laboral crónico, de tipo interpersonal y emocional, que sufren los profesionales que trabajan hacia otras personas».

Afecta a entre un 10 o 12 % de profesionales, de forma más grave a un 5 %, especialmente a aquellos que están en contacto diario con personas problemáticas o muy demandantes emocionalmente, como trabajadores sociales, funcionarios de prisiones, cuidadores de personas dependientes, educadores o profesionales de la Enfermería.

Según Gil-Monte, estos profesionales, más que tener empatía con las personas que atienden, algo que les permite desconectar y distanciarse, «tienen implicación, comparten el problema como si fuera suyo y lo viven emocionalmente. Ese es uno de los factores que pueden desencadenar el síndrome».

Esta afectación puede identificarse por la aparición progresiva de bajos de niveles de ilusión y motivación por el trabajo o la percepción de que no se es capaz de hacer cosas que antes sí que podía hacer, y se acompaña de un «fuerte desgaste emocional y psíquico» por la relación «emocionalmente intensa» que tiene con las personas a las que atiende.

Un tercer síntoma son las «actitudes de despersonalización o indolencia», que les lleva a tener un «trato frío, cínico y distante hacia las personas que asisten, al considerarlas culpables de lo que le está ocurriendo», explica el experto.

En algunos profesionales también aparece el «sentimiento de culpa» por la sensación de que «está haciendo mal su trabajo», algo que suele ocurrir a quienes están «muy comprometidos e implicados con su profesión, que asumen su rol laboral con ilusión porque tienen vocación».

Gil-Monte explica que se han determinado dos perfiles de gravedad: el primero, el de quienes desarrollan los tres primeros síntomas (baja ilusión por el trabajo, desgaste psíquico e indolencia), pero que afrontan el problema distanciándose y decidiendo que solo van a trabajar para cobrar a fin de mes.

«Ese sería un perfil de ‘burnout’ que es dañino para las organizaciones pero no para las personas porque les protege», aclara el doctor en Psicología, que añade que el segundo perfil de gravedad «sí que lesiona a las personas, que desarrollan sentimiento de culpa y de remordimiento y, como forma de manejarlos, se implican aún más en su trabajo y entran en un ciclo de culpa crónica».

Esto lleva a la aparición de problemas como «depresión clínica, problemas psicosomáticos, trastornos de sueño o crisis de ansiedad, que les lleva a precisar una baja laboral».

A su juicio, este síndrome no está bien diagnosticado y suele tratarse como una depresión, pero tras tratarse con antidepresivos se vuelve a caer, cuando la solución al mismo es «un buen diagnóstico y un buen tratamiento».

«Haciendo buenos diagnósticos no se dispararían las bajas laborales, porque los afectados están implicados y comprometidos con su trabajo, les gusta hacerlo, no quieren escaquearse», advierte.

Aunque en los años 50 se hablaba de este síndrome, desde los 70 en Estados Unidos y los 90 en Europa «se ha disparado» por los cambios en las condiciones sociales, económicas y tecnológicas.

«Al haber menos trabajadores, las cargas de trabajo se incrementan, hay más quejas y agresiones, y los trabajadores están solos. Hoy en día, trabajar de cara al público es muy complejo», asegura para añadir que la situación de España «no es muy diferente» a la de otros países europeos.

Recuerda que la Ley de Prevención de Riesgos Laborales de 1995 señala que los riesgos psicosociales son «riesgos laborales que tienen que ser evaluados y manejados igual que los riesgos químicos y ergonómicos».

Concha Tejerina

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