La deshumanización bancaria, otro lastre más para la Cuenca despoblada

Cuenca, 30 ene (EFE).- La reducción de oficinas bancarias y cajeros complica cada vez más tareas cotidianas como comprar con dinero en efectivo el pan en los pequeños pueblos de Cuenca, una de las provincias más despobladas de España en habitantes y en servicios, donde sus vecinos más ancianos echan de menos un servicio más humano.

Según los últimos datos publicados por el Banco de España, el número de oficinas a septiembre de 2021 era de 201 en toda la provincia de Cuenca, que tiene una extensión de 17.000 kilómetros cuadrados, 238 municipios y menos de 200.000 habitantes en total.

La exclusión financiera la sufren en localidades como Albendea, donde hace una década cerró la única oficina que tenían (ahora reconvertida en bollería) y la colaboración vecinal es clave para sobrevivir, según señala en una entrevista con EFE el alcalde, Luis Enrique Pérez, quien con tesón ha conseguido reabrir la escuela rural y remozar el municipio, donde aún juegan en la calle los niños, al sol, un sábado cualquiera.

Sin embargo, los albendurrios ya no ven por su pueblo “señores con maletín del Banco Español de Crédito -Banesto- cuando había cosecha” y ahora se tienen que desplazar a Priego o Valdeolivas; y los que no pueden, “intercambian las claves de las tarjetas” para que alguien de confianza les saque dinero en efectivo cuando viajan a esos municipios.

Este ayuntamiento de 124 habitantes entre la Alcarria y la Serranía, que reclama al menos un cajero, también ofrece algún local que haga posible tener algún servicio por semana porque se sienten “abandonados”, principalmente los mayores que no saben de nuevas tecnologías ni operar por internet, indican apenadas dos de sus vecinas, Palmira y María Victoria.

Algo similar ocurre en Cañada del Hoyo, donde antes acudía a la plaza del pueblo una oficina móvil cada quince días y los vecinos podían disponer de dinero, “pero llegó la pandemia, y ya no queda nada”, y el “vis a vis” ha desaparecido incluso cuando se trasladan a algunas oficinas de la capital donde “hay que hacerlo todo”, señala con resignación a EFE Julián Delgado, de 78 años, presidente de la asociación de jubilados “Virgen de las Nieves”.

Sus 200 vecinos tienen que desplazarse a otras localidades cercanas como Carboneras y eso que son ellos, los mayores, los que aún tienen “algunos ahorrillos”, lamenta este septuagenario de una localidad en la que hace ya quince años cerraron la única oficina que había, apunta por su parte el alcalde, Francisco Guadalajara.

En otros municipios como Tragacete, “por suerte” aún tienen una oficina aunque con agente financiero, indica Diego Yuste, regidor de esta localidad turística de la Serranía Alta donde acuden los vecinos de Beamud, donde no han tenido nunca ni cajero, ni oficina, sus vecinos en su mayoría no disponen de tarjeta de crédito y no son pocas las veces que se quedan sin telefonía móvil.

En el otro extremo de la provincia, en Villaescusa de Haro, con medio millar de habitantes, su único servicio bancario ha reducido la atención al público desde este mes de enero a sólo los martes y “un rato los jueves”.

Su alcalde, Cayetano Solana, advierte además de los problemas que esto genera en pueblos agrícolas como el suyo para tramitar por ejemplo las ayudas de la Política Agraria Comunitaria (PAC), que desbordará en primavera según augura al único trabajador bancario, mientras esperan con anhelo las promesas de que en unos meses se pueda instalar un cajero automático.

A pesar de estas dificultades para acceder a los servicios bancarios, en estas localidades todavía pervive la generosidad del “pague usted mañana” si uno no lleva los euros necesarios en el bolsillo para tomar un café o comprar una cesta artesana de mimbre allí donde todavía no hay datáfonos.

Lorena Mayordomo

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