La covivienda: un proyecto para compartir vida y abaratar los pisos

Barcelona, 19 mar (EFE).- Alicia Conejero, una enferma crónica que tuvo que dejar de trabajar a los 47 años y que ahora tiene 63, ha encontrado la felicidad en La Balma de Barcelona, un edificio cooperativo donde viven 33 personas y que es un proyecto alternativo para afrontar el problema de acceso a la vivienda.

La covivienda o vivienda cooperativa es un fenómeno que se extiende cada vez más por las grandes ciudades, en las que el precio de los pisos es inaccesible para muchas personas. En España ya hay 40 edificios construidos en esta modalidad.

Conejero decidió hace menos de un año cambiar su piso de alquiler en el barrio de Gràcia de Barcelona por una vivienda cooperativa, lo que, según explica a Efe, le ha supuesto "un antes y un después" en su vida.

Trabajó durante más de dos décadas como funcionaria administrativa pero obtuvo una pensión por su enfermedad crónica, además de sufrir insomnio y ansiedad generalizada.

"Desde que vivo en La Balma (una covivienda situada en el barrio del Poblenou) no he vuelto a tomar ansiolíticos y duermo mucho mejor. Noto que mi salud lo ha agradecido", confiesa la inquilina, que habita esta vivienda cooperativa desde mediados de julio de 2021.

Con ella viven 32 personas más, todas con edades e historias distintas pero que tienen en común un proyecto de convivencia que pretende ofrecer a la ciudadanía alternativas habitacionales a los descomunales precios actuales del mercado de la vivienda.

"Antes de mudarme tuve que pagar una entrada de 30.000 euros, que me retornarán si decido abandonar la comunidad, y cada mes pago unos 570 euros. La diferencia con un alquiler convencional en Barcelona es abismal", asevera la exfuncionaria, que antes de vivir en La Balma pagaba 730 euros por el alquiler de un pisito en Gràcia.

Estos 570 euros se dividen entre la cuota de uso (hipoteca e impuestos), que es de poco más de 500 euros, la cuota de servicios (luz, agua, limpieza...) y la cuota de socia de la cooperativa Sostre Cívic, que ganó en 2017 la cesión por parte del ayuntamiento del uso del solar, y de solidaridad, un fondo que se guarda por si alguien no puede asumir algún coste.

Su entrada en La Balma tuvo lugar después de cinco años siendo socia de la cooperativa -que cuenta con unos 1.100 afiliados-, en parte porque la pandemia prolongó las obras en el inmueble, pero también porque para habitar una de las viviendas de Sostre Cívic existe una lista de espera que premia a los socios más longevos.

"Dos sobrinas mías se han hecho socias de la cooperativa recientemente", comenta la jubilada, que admite que su familia, al principio, no entendía la decisión de vivir con tanta gente, una sensación que desapareció cuando vieron los beneficios que tuvo en la salud de Conejero.

"Los niños son los principales beneficiados de vivir en comunidad. Se pasan el día correteando y jugando por el edificio, incluso cuando salen de la escuela", afirma.

Sus nietas, que vienen a visitarla cada dos fines de semana, también se han hecho amigas de los ocho niños que residen en el inmueble -con edades de entre 2 y 12 años-, y cada semana les suplican a sus padres "ir a la casa de campin de la abuela", cuenta entre risas la inquilina de La Balma.

La comparación tiene cierto sentido puesto que uno de los objetivos de Sostre Cívic era crear una comunidad sostenible, y por eso gran parte de la vivienda está hecha de madera.

"Dentro de poco instalaremos placas solares en la terraza del edificio -que ocupa unos 300 metros cuadrados- para acercarnos aún más a nuestra meta de ser una comunidad basada en el autoconsumo", relata Conejero.

Aunque la convivencia pueda parecer un reto, la inquilina pone en valor que la treintena de personas que habitan La Balma hacen muchos planes juntos, como organizar comidas y cenas, celebrar cumpleaños y reunirse en festividades como Nochebuena.

El funcionamiento del edificio es que cada inquilino tiene su apartamento y comparten espacios comunes como un gran comedor en la entrada, una cocina comunitaria -aunque cada apartamento tiene su cocina propia-, un espacio para las lavadoras, un jardín y una terraza en lo alto del edificio.

"La pandemia nos ha hecho darnos cuenta de la importancia de la compañía. Ahora, por ejemplo, le estoy haciendo la compra a otra inquilina que está confinada", dice la exfuncionaria, que asegura que antes de que llegara la variante ómicron no habían tenido ningún problema por culpa del virus.

Alicia Conejero da por seguro que la vivienda cooperativa es un modelo habitacional que "ha venido para quedarse" y que ya ocupa un porcentaje importante en los parques de vivienda en países como Dinamarca o Alemania, con un 8 y un 10 % del total, respectivamente.

"Proyectos como La Balma son una forma más de hacer política, de luchar contra la especulación inmobiliaria. Uno de los retos que tenemos muchos de los inquilinos de las viviendas cooperativas es que queremos romper con la idea clásica de la vivienda: no queremos tener una propiedad, sino vivir dignamente", concluye Conejero.

Àlex Gutiérrez Páez

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