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El naviero que nunca existió

Por: Juan Díaz Cano, presidente de la Real Liga Naval Española

Hace unos días la prensa de Barcelona se hacía eco de la intención de su Ayuntamiento de eliminar de la faz de la ciudad la estatua de Antonio López (fundador de la Compañía Trasatlántica) que, desde hace más de un siglo, se erige frente al mar.

La verdad es que la estatua, desde el punto de vista artístico, deja mucho que desear, pero éste, como es fácil de imaginar, es un aspecto menor del asunto que, por supuesto, no justifica su eliminación. Mucho me temo que esta campaña acabe con la estatua de quien fuera el primer naviero del país (España) en algún desguace, almacén o chatarrería. Porque de lo que se trata es de acabar con el símbolo.

La progresía barcelonesa no perdona a Antonio López haber sido propietario de plantaciones e ingenios en Cuba a mediados del siglo XIX. Se le acusa de negrero y de traficante de esclavos sin aportar un solo documento o dato que justifique tal afirmación. Ningún documento ha podido demostrar fehacientemente que Antonio López traficase con esclavos, si bien es cierta la presencia de éstos en sus ingenios. A su pretendida fama de negrero contribuyó seguramente la existencia de famosos negreros de origen catalán con trayectorias paralelas a la del propio marqués de Comillas como Salvador Camps, Juan Barceló, Pablo Simón, Juan Milá, Majín Masó y Girar, Pedro Vivó, Ramón Mascaró o Manuel Pascual. También contribuyó a esta pretendida fama las maledicencias de un cuñado tarambana llamado Francisco Brú Lassús, quien, despojado por su padre de una parte de su herencia, culparía al marqués de tal desgracia.

“Borrando de la historia la figura de Antonio López se contribuye al olvido colectivo de un modelo económico que vivió cómodamente instalado sobreviviendo a dos dictaduras, una república y una guerra civil”

Lo único cierto es que el naviero cántabro fue hijo de la sociedad y la época que le tocó vivir. Juzgar con criterios éticos actuales la figura de Antonio López nos llevaría a aceptar que Julio César fue un pederasta o que Alejandro Magno fuese un genocida. En realidad, de lo que se trata con la eliminación de la estatua del marqués es de eliminar una mala conciencia colectiva que evite tener que reconocer la evidencia de que el salto industrial de la Barcelona de finales del siglo XIX no hubiera sido posible sin la repatriación de los capitales cubanos, sobre todo a partir de 1898. Pero no sólo se trata de esto, se trata de intentar hacer olvidar que el modelo económico proteccionista español que tanto benefició a la oligarquía industrial catalana a costa del resto del país se inició con industriales como el propio marqués de Comillas. De este modo, borrando de la historia la figura de Antonio López se contribuye al olvido colectivo de un modelo económico que vivió cómodamente instalado sobreviviendo a dos dictaduras, una república y una guerra civil.

Dentro de algunos años, cuando, de seguir así, la Marina mercante española tan sólo sea un brumoso recuerdo en la conciencia de una sociedad española tan poco dada al reconocimiento ajeno, la figura de Antonio López no será otra cosa que la figura del naviero que nunca existió.

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