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Salvemos el Tonina

Por: Juan Díaz Cano, presidente de la Real Liga Naval Española

Hace unos días me encontraba inmerso en la redacción de un artículo en el que reflexionaba sobre el pobre papel del empresariado marítimo español. Ocurría con motivo de la celebración de la World Maritime Technology Conference 2022. Un evento que durante tres días congrega a los principales actores del sector marítimo internacional, y en el que, a través de 110 presentaciones y 34 sesiones temáticas, se tendrá acceso a la vanguardia del futuro más inmediato del sector. Un evento que, es de imaginar, apenas contará con presencia española. Tal vez me equivoque y algún empresario despistado se deje caer por allá en un viaje seguramente más turístico que profesional.

En esto andaba cuando leo en un diario digital un artículo sobre un proyecto llamado a reconvertir el submarino Tonina (S-62) en museo naval flotante en la ciudad de Cartagena. Aunque descreído después de fracasos anteriores (Galatea y las fragatas Asturias y Extremadura), me olvidé del artículo en curso y comencé a bucear en la historia de este submarino.

El Tonina formaba parte de una serie de cuatro submarinos (Delfín, Tonina, Marsopa y Narval) que representaban la versión española de los Daphne franceses. Desplazaba 1.000 toneladas con una eslora de 57,75 metros, una manga de 6,74 metros, puntal 6,10 metros y un calado de 5,22 metros. Alcanzaba una velocidad en superficie de 13, 2 nudos y de 15,5 nudos en inmersión.

Había sido construido en Cartagena y puesto a flote el 25 de marzo de 1972, para ser dado de alta en la lista oficial de buques de la Armada el 10 de julio de 1973. Permaneció en activo la friolera de 32 años, siendo dado de baja el 30 de septiembre de 2005. A lo largo de este período navegó 200.000 millas, registrando 31.000 horas de inmersión bajo el mando de 16 comandantes a quienes acompañaron 93 oficiales, 1.222 suboficiales y 796 marineros. Su primer comandante fue Adolfo Baturone Santiago quien, con el correr del tiempo, llegaría a ser capitán general de la zona Marítima del Mediterráneo.

Tras su última singladura el buque fue varado en dique seco de las instalaciones de Navantia en Cartagena, donde aún permanece a la “espera de destino”. En el año 2008, el Ayuntamiento de Cartagena comenzó a sopesar la posibilidad de convertirlo en museo naval flotante. La idea no era original pues, en el año 2004, en el puerto de Torrevieja un submarino de la misma serie (Delfín S-61) fue habilitado como museo flotante con notable éxito de afluencia de visitantes y curiosos.

Sea como fuere, el caso es que han transcurrido catorce años desde aquella primera idea del consistorio cartagenero y, hoy en día, el proyecto sigue siendo eso, un proyecto bien intencionado en el mejor de los casos. Por lo que leo en la prensa local murciana existen conversaciones encaminadas a centrar y definir el proyecto entre la Armada, Navantia, el Ayuntamiento de Cartagena, la Cámara de Comercio de Cartagena y la Comunidad Autónoma de Murcia. Cóctel perfecto para que todo quede en nada. El principal problema parece ser el económico, aunque nadie ha dado una sola cifra sobre la cuantía del proyecto. Imagino que el siguiente paso será apelar a los empresarios locales en busca de una financiación que, mucho me temo, se anuncia esquiva.

Lo que más tristeza me produce es comprobar los argumentos que se exhiben para justificar el proyecto. Se habla de integrar el buque como un elemento urbanístico o presentarlo como una atracción turística, pero nadie apela a una idea más potente: el mantenimiento de nuestras tradiciones y de nuestra historia marítima. Qué lejos nos encontramos de países como el Reino Unido, Estados Unidos o Alemania, naciones donde recuerdos vivos de una tradición naval afianzan el futuro de ésta. Negar las tradiciones marítimas de una nación es negar una parte fundamental de su historia. Nada extraño en un país donde el Gobierno ha decidido que nuestra historia comienza en 1812.  

Al final, no nos engañemos, los países son lo que son y sus gentes son las que son. Doble contra sencillo a que el Tonina acaba en el desguace, el más indigno final para cualquier buque. Ya ocurrió con el Marsopa S-63, achatarrado en 2013 por 90.000 miserables euros.

¿Qué tal si por una vez, y sin que sirva de precedente, este país da un paso al frente y reivindica una pequeña parte de su historia naval salvando el Tonina?

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