Entrevista con Pilar Carbonero, primera mujer miembro de la Real Academia de Ingeniería

ingeniera agrónoma Pilar Carbonero Zalduegui en su despacho en el Centro de Biotecnología y Genómica de Plantas.

Pilar Carbonero Zalduegui ha pasado gran parte de su carrera científica estudiando los factores de transcripción en plantas. Desde que terminase la carrera de ingeniero agrónomo con tan solo 21 años ha sido la primera en un sinfín de cosas: fue la primera catedrática de la Escuela de Agrónomos y de las tres primeras de la Universidad Politécnica de Madrid, dirigió el primer grupo que clonó un gen de plantas en España, fundó y dirigió el Departamento de Genética Molecular de Plantas del Centro Nacional de Biotecnología, y fue la primera mujer en ingresar en la Real Academia de Ingeniería. Pionera en biología molecular de plantas y símbolo del papel de la mujer en ciencia, actualmente es profesora Ad Honorem, y cada día sigue yendo a su despacho en el Centro de Biotecnología y Genómica de Plantas a trabajar, desde el que apoya y ayuda con su experiencia a otros grupos de investigación, mientras lleva gran parte del peso de la moderna tradición biotecnológica en sus hombros.

Posiblemente las primeras apariciones en la gran pantalla de la mujer en la ciencia mostraban creaciones malignas o contra natura de un científico loco. Así la falsa María creada por el científico Rotwang incitaba a la violencia en la lucha de clases de Metrópolis, la película de 1927 dirigida por Fritz Lang. En 1931, en La novia de Frankenstein, el doctor Pretorious obligaba al doctor Frankenstein a crear una pareja para su creación, que al cobrar vida y ver al que debía ser su amado se espantaba provocando el dolor y la ira del monstruo. Madame Curie, en 1943, sí será la primera película en la cual el papel protagonista estará reservado para la científica descubridora del radio o el polonio, aunque la trama se introduzca más en su matrimonio que en sus méritos científicos. Es probable que junto a Recuerda (1945) o La amenaza de Andrómeda (1971) constituya un elemento de la terna de primeros papeles principales.

La mujer científica, desde luego, no ha tenido nunca un papel protagonista en el cine. Como tampoco lo ha tenido en la historia. Hasta hace muy poco ha participado con un papel de reparto, y la mayoría de las veces con muy poca visibilidad. Sin embargo, algunas mujeres pioneras han abierto el camino de la ciencia en el siglo XX. Entre estas se encuentran la ganadora del Nobel de Medicina Barbara McClintock (1902-1992), descubridora de los elementos reguladores y la transposición en el genoma trabajando con maíz, o Mary Dell-Chilton (1939), coautora de la primera manipulación genética de una planta.  El 22 de diciembre de 2015, la Asamblea General de la UNESCO decidió establecer un Día Internacional anual para reconocer el rol crítico que juegan las mujeres y las niñas en la ciencia y la tecnología que se celebra el 11 de febrero, día en el que me encuentro frente a Pilar Carbonero (1942), profesora Ad Honorem en la Universidad Politécnica de Madrid.

Pregunta │ Después de sus más de cincuenta años de carrera, ¿qué más le hubiera gustado hacer?

Respuesta │ La verdad es que nunca me he propuesto querer estar en tal sitio. La vida me ha ido llevando de un experimento a otro. Yo hice la carrera de ingeniero agrónomo en la especialidad de Industrias Agrarias y terminé siendo la más joven de mi promoción y pensando que me iba a dedicar a los aspectos más prácticos de la profesión. Dos profesores, los catedráticos de genética y de microbiología Enrique Sánchez Monge y Juan Santamaría, fueron decisivos para que, en vez de eso, me planteara dedicarme a la ciencia. Después Juan Santamaría me ofreció quedarme como ayudante en su grupo y empecé a trabajar con él, lo que me abrió las puertas a lo que era el laboratorio. Gracias a la Fundación Juan March realicé una estancia en la Universidad de Minnesota, y, a mi regreso a España, Don Juan me ofreció trabajar con él en el INIA. Pero allí me sentía como un técnico avanzado. Así que, en un momento determinado, aprovechando que a mi marido, Francisco García Olmedo, le nombraron encargado de cátedra de Bioquímica en la Escuela de Agrónomos y tenía que hacer una oposición, rogué a Santamaría que me dejara acudir a la escuela para apoyar la investigación y ayudar a mi marido. Aquello le pareció muy correcto y fue la manera que yo tuve de comenzar a hacer investigación propia. A partir de aquel momento comencé a trabajar en tándem con mi marido.

P │ Hacían entonces trabajos muy bioquímicos.

R Sí, eran muy bioquímicos. La biología molecular vino después. En aquella época purificamos proteínas de granos de trigo que poseían propiedades antibióticas utilizando éter de petróleo. Las llamamos lipopurotioninas. Estas proteínas, además, formaban parte de las células epiteliales de las plantas. Pasado el tiempo se vio que eran parte de la inmunidad innata de las plantas, esa primera barrera de protección frente a patógenos, que más tarde se descubrió también en los animales. Seguimos con nuestros péptidos y encontramos unos que eran inhibidores de las proteasas digestivas de insectos fitófagos.

P │ Trabajó con su marido unos años, pero luego fundó su propio grupo de investigación.

R │ Así es. En un momento determinado me di cuenta que no podría continuar trabajando de aquella manera, porque entonces parecía que yo era la técnica de mi marido al igual que antes había sido la técnica de Santamaría. Decidimos dividir nuestros proyectos: él continuó con la inmunidad innata, las tioninas y otros péptidos y yo me quedé con los inhibidores de proteasas y alfa-amilasas de insectos. También decidí, al caer en mis manos un mutante de cebada con muchos efectos fenotípicos controlados por un solo gen mendeliano, dedicarme a este tipo de genes, genes reguladores de otros genes. Al final, poco a poco, fui dejando de lado los aspectos más biotecnológicos para dedicarme a las cuestiones más básicas. Eso coincidió con que la euforia inicial de hacer plantas transgénicas dejase paso a una posición en contra en Europa. Entonces me acabé por centrar en las cuestiones más básicas de la regulación transcripcional en semillas.

P │ ¿Cree que la posición en contra de Europa está justificada de cara al problema de la alimentación mundial?

R │ Yo lo que creo es en lo que ahora mismo dice la FAO, y es que hay que duplicar prácticamente el rendimiento de las cosechas de aquí a 2050, porque la población mundial va a ser de nueve o diez mil millones de personas. Y hay que conseguirlo sin aumentar el terreno laborable y enfrentándose a condiciones climatológicas mucho peores que las actuales. Así, alimentar a tanta gente ya no es una cuestión de distribución del alimento; en parte lo es, pero sobre todo es un problema tecnológico de primer orden: la pregunta es qué hacer para obtener dos cosechas al año, porque esto conlleva acortar los ciclos de las plantas, reponer los insumos que estas han extraído del suelo, y todo esto en condiciones de sequía. Se necesita un imput tecnológico mayor. Y desde luego, ahora que se sabe modificar el genoma con CRISPR, sería suicida el no recurrir a este tipo de tecnologías. Hay que poner ahí todo lo que seamos capaces de poner. Hay que promover la ciencia, por supuesto.

P │ ¿No le parece curioso que en Europa estén en marcha varios ensayos clínicos de terapia génica y que solo se cultive un evento transgénico?

R │ Que es el evento que existe antes de la regulación, sí. Norman Borlaug, el padre de la revolución verde, decía que la animadversión que existía en Europa frente a los transgénicos ocurría porque tenían las panzas bien llenas. Existe, en resumen, una presión de tipo político, creo que forzada por algunos grupos verdes muy extremistas que no se han enterado todavía de que hay que hacer esas cosas con las nuevas tecnologías, que hay que irlas implementando.  Son los luditas en Inglaterra con la Revolución Industrial. Son cuestiones que los políticos no acaban de solucionar en su momento, y hay una serie de agricultores que están trabajando de una manera y vienen otros tipos de metodologías y de tecnologías que les barre del mercado. Es una cuestión política porque, desde luego, racional no es.

P │ Apartando los asuntos tecnológicos, usted entró en la universidad muy joven y en una época en la que era infrecuente encontrar mujeres en carreras técnicas.

R │ Era infrecuente en la universidad en general. Durante la Segunda República se comenzó a abrir la universidad a las mujeres, se concedió el voto femenino… Mi madre hizo una carrera universitaria entonces, estudió la carrera de veterinaria y trabajó de ello en el País Vasco. Tras la Guerra Civil, sin embargo, se dio una marcha atrás muy importante. En esa época mi madre tuvo un gap. Se casó con mi padre, que también era veterinario, y se mudaron al Protectorado de Marruecos, donde mi padre había sacado unas oposiciones. En estos años mi madre no hizo nada porque cuando salían unas oposiciones la primera condición era ser varón mayor de edad. En un momento dado mis padres volvieron a la península. Salieron entonces unas oposiciones para trabajar en el Cuerpo Nacional Veterinario. En esas se les olvidó escribir varón y, claro, mi madre las firmó, y se convirtió en la primera mujer en ingresar en el cuerpo.

P │ Imagino que aquel ambiente resultó muy positivo en su formación.

R │ Desde luego, yo era pequeña y veía que mi madre salía a trabajar todas las mañanas. Pero no ocurría lo mismo con las madres de la mayor parte de mis compañeras. Yo pensaba que ibas al colegio, luego a la universidad y en seguida a sacarte las castañas, porque era el ejemplo que yo tenía en mi casa. Y claro, con el tiempo me di cuenta de que yo era una privilegiada en ese sentido. Después, en la carrera éramos tres mujeres y más de cien hombres. Y más tarde, cuando fui catedrática de universidad, en el 83, alcanzamos dicho puesto tres mujeres, las tres primeras catedráticas de la Universidad Politécnica. Yo nunca había tenido una profesora catedrática.

P │ ¿Se siente usted una pionera?

R │ He sido una pionera, pero me parece que he hecho lo que debía de haber hecho, y lo he hecho sencillamente porque he tenido un ejemplo en mi casa que me ha inducido a ello y que normalizaba lo que yo quería hacer.

P │ ¿Se ha encontrado con discriminación, dificultades, falta de aceptación o del reconocimiento que usted creía merecer por sus méritos?

R │ Claro. Que la sociedad es machista es algo clarísimo. Está cambiando, afortunadamente, pero era típico en la época en la que yo era joven que los profesores te dejaran paso en la puerta, o que luego, si tenían dos currículums delante, tú tenías que ser mucho mejor para que te cogieran. Ese tipo de cuestión se palpaba en mí y en todo lo que tenía alrededor. Eso lo he sentido yo. Texto: Gerardo Carrera Castaño

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