Entrevista con Miguel Agulló, presidente del COITA de Alicante

Miguel Agulló Velasco, ingeniero técnico agrícola y actual presidente del Colegio ITA de Alicante (Coitagra), ha logrado culminar proyectos profesionales de grandísima relevancia. Pero cuando se le pregunta por el secreto del éxito, no se pone galones, y su mayor conclusión es que se ha rodeado de los mejores. Sin duda, en su trayectoria ha sabido aplicarse una sabia frase que le dijo un profesor: “Harás mejores y más fieles amigos sudando que bebiendo”. Y así, sudando y con buenos compañeros, Miguel ha sido el hacedor del Jardín Tropical de Atocha, la Burbuja Amazónica del Pabellón de la Naturaleza de la Expo´92 de Sevilla y el Oceanario de la Expo´98, en Lisboa, entre otros muchos proyectos.

Arriesgado es uno de los calificativos con el que se define, y quizá por eso no le ha frenado casi nada. Como las carreteras de los 90 no le permitían recorrer el país con la rapidez que requerían sus proyectos, aprendió a pilotar, y cambió coche por avioneta. Esa osadía y la pasión por su trabajo, le han llevado, además, a integrarse en proyectos al otro lado del océano, donde ha pasado varios días con tribus en la selva amazónica y ha llegado a identificar orquídeas de cuya existencia no había vestigios en la zona del dosel selvático.

Su actual gran motivación es la recién creada Fundación Agricolae Mundi, que pronto se convertirá en ONGD, destinada a ofrecer formación y técnicas de cultivo en España y en países en desarrollo.

¿Ya se ha acostumbrado a que la gente abra mucho los ojos cuando se enteran de que usted fue quien planificó y desarrolló el jardín tropical de la estación de Atocha, en Madrid?

Creo que pocos de mis conocidos quedan por enterarse, por lo tanto, como tampoco lo llevo grabado en la frente, no creo que se sorprenda nadie, poca gente nueva se entera. Lo que sí sucede es que les choca tener enfrente al “jardinero de Atocha”. El último fue un alto cargo del Ministerio de Agricultura, presentó un documento que va a editar su departamento y en la portada vi una fotografía del Jardín. No pude dejar de ofrecerle la representación de un cuadro que tengo en casa, pintado por un excelente pintor y amigo, Jesús Garzón, al que, tras la correspondiente autorización de ADIF, subimos a un andamio a tres metros por encima de la mayor cota, la 629, para que pudiese obtener una perspectiva que nadie puede fotografiar.

¿Cómo vivió ese encargo y que retos supuso para usted?

Yo en 1990 me encontraba en plenitud profesional con suministros a numerosas empresas de jardinería: obras en Málaga (Jardín Ornitológico y Botánico El Retiro, en Churriana), Expo’92 Sevilla, Villa Olímpica en Barcelona… Tanto era el trabajo y tales eran las carreteras, que incluso haciendo 110.000 km. en coche no me daba tiempo a llegar a todo. Así que decidí usar la avioneta, y en cuatro meses obtuve el título de piloto de aeronaves monomotor.

Todo esto está relacionado con Atocha porque en la oficina empezamos a recibir solicitud de oferta de grandes constructoras para este proyecto, y a partir de la cuarta di instrucciones de subir el importe de la oferta en un 1% a cada una de las propuestas. Desgraciadamente para nuestras arcas, se adjudicó la obra a la tercera constructora a la que ofertamos, Entorno 2000, perteneciente al Grupo Huarte, S.A.

Pudimos afrontar la obra de Atocha por estar inmersos en las demás actuaciones, ya que en aquellos momentos no éramos muchos los que importábamos plantas de América y otros continentes. Pero por tener los contactos ya en marcha, pudimos concluir la Estación con éxito y en tiempo. Siempre he sido arriesgado, ahora que lo pienso, lo fui, pero por fortuna cumplimos.

Sin duda, un proyecto muy relevante, sin embargo, en ‘petit comité’ comenta que hay otros proyectos que le despiertan incluso más cariño, ¿cuáles son?

El Jardín Tropical de la Estación Madrid-Puerta de Atocha, sin duda, es la obra más emblemática y conocida, mucha gente desconoce que fue decisión del entonces presidente del Gobierno, influido por su afición al bonsái y convencido por el director del Jardín Botánico de Madrid. El objetivo era dotar al Botánico de su estufa caliente con una gran colección de planta tropical y subtropical, lamentablemente de aquella gran colección queda poco. Quise dejar constancia de lo que existía en el Jardín, y en mi libro “Madrid-Puerta de Atocha Jardín Tropical”, queda reflejada toda la flora que allí vivía en el año 2003.

Además del Epifitarium de Sant Joan d´Alacant (Alicante); Terra Natura, en Benidorm; el Parque Ornitológico y Botánico El Retiro, en Churriana (Málaga); Faunia, en Madrid o el Oceanario de la Expo´98, en Lisboa, el trabajo más bonito que he realizado, sin duda alguna, fue mi participación en la localización, suministro, transporte y aclimatación de las diferentes especies de árboles, arbustivas, matas y epifitas (bromelias y orquídeas), para la “Burbuja Amazónica” del “Pabellón de la Naturaleza”, en la Expo´92 de Sevilla.

Fui contratado por Tragsa que hacía la obra para Icona, ellos tenían contactos en Costa Rica para extraer las plantas necesarias de la Selva Tropical Lluviosa, que era el hábitat a representar, pero no llegaron a concretar el suministro. Alberto García Camarasa (DEP) que era el Jardinero (aparte de técnico, y dicho con todos los máximos honores a esta dignísima profesión) de la Expo´92, con el que me llegó a unir una sincera amistad, fue consultado por los responsables del proyecto. Alberto les comentó: “viene por aquí un proveedor que es bastante intrépido y conoce las plantas tropicales, está importando plantas de América”. Se pusieron en contacto en el mes de septiembre de 1991, les dije que no había tiempo y yo no disponía de más financiación, (en esos momentos tenía hipotecados hasta a mis hijos). Tras muchas conversaciones me entrevisté con el Director de Icona, quien contactó al ministro desde su despacho, y pese a ser imposible que el Estado anticipase dinero, adelantaron 25 millones de pesetas (unos 180.000 €). Fue así como, acompañado de un joven ingeniero de Tragsa, Joaquín Martínez Vila, nos fuimos a Costa Rica y Brasil con una carta de presentación, del Ministerio y de ICONA, justificando la extracción de las distintas especies para una exposición didáctica, no comercial. Con estas importantes herramientas y aprovechando a los viveristas con los que ya trabajaba en cada país, buscamos botánicos para identificar especies, marcar y preparar las plantas en origen.

Cuando en Costa Rica dije que debíamos hacer cepellones a las plantas comenzaron a reír, no habían oído esa palabra y les chocaba, por eso la denominamos “Operación cepellón”. Con la ayuda de IBAMA, en Brasil, y el Museo de la Naturaleza de Costa Rica, documentamos las plantas para su traslado a España.

Para su aclimatación, que debía ser muy rápida, precisábamos de un invernadero de 10 m. de altura. ICONA no disponía de ninguno. Pero existía uno en Valencia de 6 m. de altura con suelo de tierra, dotado de calefacción y con una luz de 10 m. La idea me surgió al verlo: “excavemos”, y así lo hicimos. En el foso central pudimos instalar los árboles de 8 m. más 1 m. de cepellón.

En el mes de enero de 1992 me reclamaban todo el dinero que habían pagado, ya que pese al orujo en fermentación del fondo del sustrato para aportar calor y otros aditamentos, las plantas no brotaban. Les dije que tranquilidad, que brotarían en marzo con los días más largos. Con la importantísima aportación técnica de todos los que estábamos en el proyecto, se logró.

En abril de 1992, se inauguró la “Selva Tropical Lluviosa de Sevilla”, con sus iguanas y tucanes incluidos. Yo, como premio y por imposición del director del proyecto Juan L. Peñuelas Rubira, a quien siempre agradeceré su esfuerzo y todo lo que aprendí con él, pude tener la satisfacción de mostrar a mi madre y a mi familia el resultado de tantos días fuera de casa. Además, mi nombre aparecía en el cuadro de honor de ICONA en el Pabellón de la Naturaleza.

¿Cómo llega uno a ese tipo de encargos tan importantes? ¿Qué consejos le daría a un joven proyectista para poder optar a estos trabajos?

Indudablemente, contando con un equipo de colaboradores sensacional y proveedores que se implicaban al máximo en cada proyecto y que, además, llegaban a ser partícipes de los problemas y su solución. Se convertían en unos colaboradores más de nuestra empresa, concluyendo en una gran amistad, que hoy día felizmente perdura. Mi profesor de gimnasia, D. Antonio Álvaro, mi segundo padre, me decía: “Harás mejores y más fieles amigos sudando que bebiendo”.

Mi caso es un tanto atípico, no existía mucha competencia en aquella época, pocas empresas hacían lo que yo, elegí un nicho de mercado que se convirtió de pronto en una gran oportunidad de negocio, desde 1988 hasta 1998 no dejaron de construirse en España y Portugal grandes obras para eventos excepcionales.

Yo tuve la suerte de estar en ese momento cubriendo el suministro de palmeras y planta tropical y subtropical. Además, me dotaba de los medios más modernos y los mejores coches para desplazarme, herramientas de trabajo (primer móvil fijo en el coche, después el de maleta de 5 kg., etc.).

Los viveros de Elche y Valencia empezaban cobraban relevancia compitiendo con los dos grandes importadores del momento, Huerto del Cura (Elche) y Florhispania (Mataró). Yo suministraba muchas plantas y colaboraba con mi gran amigo Quintín Arribas, que asesoraba a Florhispania. Paco Guzmán (Viveros Guzmán) y Antonio Bazán (Agrojardín Estepona), eran dos de mis principales clientes, y desde entonces amigos para siempre. Una cosa llevó a la otra. Las recomendaciones de Alberto García Camarasa, los muchos contactos y el ser conocido por mi dedicación a las palmeras hizo lo demás.

Mi recomendación, que he trasladado a mis alumnos de paisajismo en la EPSO de Orihuela, Universidad Miguel Hernández de Elche, es que se dediquen a lo que realmente les haga felices, que no busquen tanto la rentabilidad como la satisfacción personal en el trabajo. El dinero llegará con las oportunidades, los conocimientos y la especialización, ya que es mucho más fácil de lograr si haces lo que te llena. Mi trabajo es mi hobby, la gente de mi alrededor me dice que no sé hacer nada para divertirme, que solo me lo paso bien trabajando y solo vivo para ello. Creo que tampoco es eso, quizás mi trabajo me haya atraído tanto por los viajes, conocer lugares y personas de todas partes y tan extraordinarias, pero lo importante es disfrutar. Por eso aconsejo a mis alumnos que se centren en lo que encuentren agradable dentro de las muchas facetas de nuestra profesión. Después se trata de hacerlo bien, formarse y especializarse.

“La agricultura es elemento de logística defensiva, ya que sin alimentos es fácil derrotar a una población”

Cuando tuvo que decidir, ¿qué le llevó a inclinarse por la especialización de jardinería y paisajismo?

Esto fue curioso. A mí desde pequeño me ha gustado hacer caminitos, embalses, puentes… Dice mi madre que cuando vivíamos en una finca agrícola, donde con dos años de edad planté el hueso que daría lugar a mi primera palmera, me pasaba las tardes jugando con la tierra y haciendo estas ‘construcciones’. Por eso, quería estudiar Ingeniería de Obras Públicas. Con mis padres vivía en Orihuela y la única carrera que se podía hacer era Ingeniero Técnico Agrícola. Mi padre me convenció de hacer el primer curso en Orihuela y después pasar a Obras Públicas, pero antes de empezar el primer año de carrera, por tener el título de entrenador de baloncesto, me contrató el Ministerio de Educación para dar clases de gimnasia (hoy Educación Física) en el Instituto Laboral “El Palmeral” de Orihuela, eso hizo que por tener trabajo siguiese con la carrera.

Cursando tercero, en la Universidad Politécnica de Valencia se impartió el Primer Diplomado en Producción de Flores y Plantas Ornamentales, me quise inscribir y el director de la Escuela me dijo que podía ser más importante para mí que toda la carrera. Junto a Antonio Navarro Quercop, que era mi profesor de jardinería, Pepe, un investigador del CEBAT de Murcia y otro compañero de curso, Alfonso Maestre, todos los viernes cuando terminaba de dar gimnasia a las 10 de la mañana, me recogían y nos íbamos de Orihuela a Valencia (3,5 horas) para llegar al Diplomado a las 16:00. Los sábados, tras haber dormido en diferentes pisos de amigos y amigos de amigos de Orihuela que estudiaban en Valencia, iniciábamos el regreso a casa. Así estuve seis meses, conociendo especies, mezclas de sustratos, macetas, formas de producir, etc.

Nombre a tres paisajistas que le inspiren y el porqué.

Sin duda mi referencia internacional es Roberto Burle Marx, le admiró desde que conocí sus obras, me fascinó su jardinería basada en el uso de plantas brasileñas. Él creó una nueva distribución de especies, un nuevo paisajismo basado en lo natural, sus agrupaciones de un número no repetido de especies creando unidades exclusivas dentro de cada diseño, le confiere un carácter muy específico y especial.

También, debo confesar, que lo admiro por haber tenido el honor de conocerle y haber podido charlar con él sobre la importancia de nuestro trabajo, de los buscadores de nuevas especies a incorporar a nuevos diseños, el amor por la naturaleza en su más pura esencia, el hecho de admirar y compartir su gran afición: adentrarse en las selvas de Brasil para detectar especies e impregnarse de vistas exclusivas, siendo el descubridor de muchas que hoy llevan su nombre. Pero por encima de todo, su sencillez y naturalidad al explicarse, su personalidad.

En 1991, buscando plantas para los proyectos en España, visité el “Sitio Burle Marx” en la Barra de Tijuca (Rio de Janeiro), este lugar me cautivó. Roberto me atendió como a un amigo y me mostró algunas nuevas obras de arte, pinturas y esculturas que estaba desarrollando. Pasear junto a él deleitándome con sus explicaciones llenas de pasión, fue una lección para toda mi vida. Para mí, es el Félix Rodríguez De La Fuente de las plantas.

Determinar solo tres paisajistas favoritos resulta sumamente complicado para mí, son muchos y muy buenos, amigos unos y admirados todos, nombraré solo a los que he conocido personalmente: desde el también brasileño Benedito Abbud, el portugués Jose Filipe Gameiro, Fernando Caruncho, Andrés Medrano, Manuel Richart, Miguel Gil, Laura Pou, Monique Briones, Clara Corpas, Marta Puig, Laura Pérez, Roció Sainz, Ernesto Huertas, Ricardo Librero… Y muchos más, pero para cumplir, me quedaré con dos ya veteranos, de mi quinta, que continúan activos y con los que he tenido la inmensa suerte de colaborar: Por un lado, Rafael Narbona Calvo, ingeniero técnico agrícola y paisajista, caballero que conocí en la Expo´92 en Sevilla y con el que he seguido en contacto a través de una amistad, que ha crecido con el devenir de sus numerosos proyectos, especialmente los de Valencia y Alicante. Si no recuerdo mal, fue fundador de la revista “Paisajismo” y presidente de la Asociación Española de Paisajistas (AEP). Confiesa que su especialización en obras de gran tamaño le hace muy difícil diseñar espacios pequeños, aunque los dos sabemos que los domina a la perfección. Por otro lado, José Luis Romeu Lamaignere es ingeniero paisajista, actual presidente de la AEP, un gran profesional al que conocí cuando empezábamos los dos, dimos juntos un curso de formación, allá por 1983, a los jardineros del Ayuntamiento de Alicante. Desde esa experiencia compartida nos une una especial amistad con un mutuo respeto en todos los aspectos. Mi admiración por sus trabajos y su seriedad profesional destacan sobre otras cuestiones de empatía y complicidad en muchos otros temas. Y como no, el hoy vocal de Paisajismo en el Coitagra, Juan Miguel Calvo. Fuente: Consejo General de Colegios Oficiales de Ingenieros Técnicos Agrícolas de España.

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