Entrevista a Gabino Carballo, técnico superior del Verde. Ayuntamiento de Barcelona

Es un referente en nuestro sector por sus conocimientos y su trayectoria profesional. Sorprende su amplia visión y cultura global, no en vano ha viajado por medio mundo como paisajista: Reino Unido, Suiza, Canadá, China y Japón. Gabino Carballo es técnico superior del Verde del Instituto Municipal de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Barcelona, en donde está desde hace 17 años. Paisajista por la Escuela Castillo de Batres y graduado en Paisajismo por la UCJC, Máster en Landscape Design por la Universidad de Sheffield y Máster en Dirección de Proyectos por el BES La Salle de Barcelona.

También es miembro de la Junta Directiva de la AEPJP y Coordinador de la acreditación Green Flag Award en España. Su entrevista no deja indiferente porque rezuma conocimiento y capacidad. “La idea del recurso fácil, de que todo se arregla con máquinas y productos ha hecho daño, ha sustituido al conocimiento, la dedicación, el oficio y el respeto por los jardines”.

¿Por qué es usted Jardinero?

Para ser honestos, me defino como “jardinero glorificado” por mis estudios en paisajismo. Con el tiempo me he dado cuenta de que es una profesión fundamentalmente liminal, es decir, que se sitúa entre muchas otras disciplinas, y una de ellas es la jardinería. Estrictamente, de jardinero, como tal, no ejerzo desde hace al menos 25 años, con la ejecución de un proyecto cuando aún estudiaba en la Escuela Castillo de Batres, en Madrid. En realidad, llegué a la jardinería por medio del paisajismo, y a este por mi interés por el dibujo y las cosas vivas en general, después de matricularme en arquitectura técnica, que no era para mí. Trabajo en el sector público como técnico desde hace quince años, así que mi perspectiva está sesgada. Ya no digamos si hablamos del sector privado. En fin, espero que los jardineros no se ofendan si digo que soy jardinero porque ni mi espalda ni mis rodillas se lo han ganado.

Cuando enfermamos vamos al médico.  ¿Piensa que la sociedad en general es consciente de que las plantas aportan salud? ¿Hemos sabido explicar a la sociedad nuestra profesión?

Todos somos conscientes de la calidad de vida que aportan las plantas. No nos engañemos, vivimos de ellas. Y no conozco a nadie de éxito que pudiendo elegir decida meterse a vivir en un piso de 40 metros cuadrados sin ventanas en el centro de la ciudad. Más bien se busca otra cosilla con espacio y aire, sin jardín incluso, pero seguramente rodeado de naturaleza, sea campo o costa, y con alguna planta, aunque sea de interior o de temporada.

Otra cosa es que como sociedad padezcamos algunas dolencias cognitivas, que pueden tener su origen en nuestra difícil historia. Por mucho que ahora se vea de otra manera, para otras generaciones la naturaleza significó hambre y miseria, y sacaban lo que podías de ella con el hacha y la azada en la mano. Eso la gente corriente, pero la gente con medios también veía la naturaleza como un escenario de trabajo y pobreza, como se puede ver una mina, algo de lo que solo sacas lo que puedes con el sudor ajeno. Somos una sociedad burguesa, es decir, que vivimos en el “burgo”, lejos del campo. Pero como en general no hemos sido una sociedad verdaderamente industrial, no hemos tenido tiempo de tomar distancia con la crudeza de la existencia rural, por lo que no hemos podido reflexionar sobre nuestra relación con las cosas vivas, y nuestro reflejo básico es bastante antagónico, y las plantas son el chivo expiatorio de nuestra ira y nuestros complejos.

No es que la jardinería no haya sabido explicar a la sociedad nada, es que la sociedad no ha madurado lo suficiente como para entender el mensaje de la jardinería. Y me refiero en particular a nuestro liderazgo social que en cuestiones ambientales actúa de forma tan infantil que es ridículo. Es uno de los principales motivos por los que en la UE no nos toman en serio, ni nos tomarán nunca en serio. Un país que no respeta su entorno, no se toma en serio su cuidado y ni tan siquiera esconde su falta de interés, no lo merece tampoco. Los jardineros pueden estar tranquilos, que este aspecto no es culpa del sector. Pero donde si puede mejorar la jardinería es en su relación con la realidad social, la diversidad de opiniones, de personas, de géneros y en la forma de tratar con las personas. A los que caminan a un palmo del suelo les recomendaría que se bajen a explicar la realidad, pero me parece más problemática una cierta tradición de rudeza en el trato que no se aviene con lo que la comunicación actual exige. Yo no es que sea muy diplomático, pero en el sector hay que hilar más fino en el trato personal y en la comunicación en general. A veces no podemos cambiar, somos lo que somos, pero sí podemos hacer las cosas de una forma diferente y en este tema todo esfuerzo es poco.

¿Por qué nos atraen las plantas?

He conocido ya a tantas personas que me fascina la inmensa variedad de intereses que manifestamos los seres humanos. Es evidente que nos atrae lo vivo en general y las plantas en particular. Creo que la diferencia se establece entre las personas que tienen una viva curiosidad, y las personas que no. Y después están las personas que trastean y las que no hacen nada. Casi todas las personas a las que les interesan las plantas tienen curiosidad y les gusta probar cosas, a ver que sale. A todos los efectos, una maceta con una planta es un jardín, es un mundo, puede pasar de todo ahí, es un ámbito de libertad personal, de experimentación. La jardinería guarda una estrecha relación con el desarrollo de la ciencia. No falla, los países avanzaos suelen tener aprecio por la horticultura y la jardinería y existe una larga relación intelectual entre el cuidado del jardín, la botánica y el desarrollo de la ciencia, incluso los derechos, con sus luces y sus sombras. Pero al menos lo intentan. Podemos sacar cuentas, a ver dónde quedamos…

Hablemos de usted. ¿Cuándo supo que era jardinero?

Yo supe que era jardinero el día que una de mis compañeras de clase, a la que ayudaba con un proyecto que le habían encargado, me comentó dónde tenían que ir unos macetones, que los tuve que cargar y mover, ajustar su posición, presentar la planta para la composición, etc. No hay nada como doblar el espinazo en el frío de Segovia para entender quién eres y dónde estás. En jardinería, si quieres sacar algo adelante, te lo tienes que currar. No es una ciencia exacta, hay que probar cosas y ser constante en el trabajo. Esto no quiere decir hacer siempre la misma cosa, quiere decir que no hay que dejar de probar cosas, leer y aprender.

La jardinería y la literatura están muy próximas, aunque no lo parezca, pero la relación viene de lejos.

Con la pandemia ha habido muchos cambios. ¿En qué cree que ha afectado a los jardines?

Creo que ha afectado a la percepción que teníamos sobre los jardines. Tengo que decir que hace años que vengo escuchando un discurso bastante falaz, neodesarrollista, que viene a decir que los jardines y la jardinería son una cosa redundante y que en realidad no tienen cabida en la ciudad, que lo del verde y la jardinería es algo de andar por casa y no necesaria, que lo que hace falta es naturaleza, así, a pelo… Un discurso propio de indigentes intelectuales, que posturean y que van de oídas, porque es guay ser transgresor con las cosas que no te importan, para evitar trabajo y complejidades, aunque el coste social sea alto, actitud que desgraciadamente me encuentro.

Ha venido la pandemia y todo el mundo ha echado de menos el verde, y ha salido en tromba a los parques y jardines, y cuando hemos podido, nos hemos ido en tromba a los espacios naturales, hasta el punto que los mismos que decían que los jardines sobran, son los que ahora se quejan de que estamos machacando la naturaleza y que hay que proteger los espacios naturales o cerrarlos al público. ¿En qué quedamos? ¿Vamos a mantener o gestionar algo, o vamos a seguir dando palique en plan tertuliano, girando como veletas? Con los jardines no sé qué va a pasar, conociéndonos como sociedad no me hago muchas ilusiones.

La cuestión es si sabemos cambiar, porque yo percibo mucha inercia, resistencia a asumir que tenemos que cambiar algunas cosas de fondo en el modelo de gestión urbana. Y no soy el único, el otro día leía en el Financial Times que con las autoridades locales luchando con presupuestos cada vez más bajos y los desafíos de la pandemia, lo último de que se están preocupando son los parques y jardines, que están viendo unos recortes brutales en su mantenimiento en todo el mundo. Hasta planteaban hacer que el mantenimiento de espacios verdes fuera un gasto obligatorio, como parte de un sistema de salud. Pero claro, también reconocían que en las últimas décadas la gestión de los espacios verdes se había tratado como una broma por parte de sucesivos gobiernos. Quizás ahora entendemos que incluso la mancha verde más pequeña y desaliñada está en el corazón de una vida mejor. Pero también hay que entender que, si no la cuidas, si no la gestiones, la pierdes. Y esta lección aún no la hemos repasado aquí.

De pronto hay personas que quieren abandonar las ciudades y vivir en el campo, en los pueblos. ¿Abandonar las grandes ciudades es la solución?

No sería nada nuevo. Las ciudades se han abandonado cíclicamente a lo largo de la historia, algunas definitivamente. El ideal de vivir de forma autosuficiente, del campo, en pequeñas ciudades llega hasta Tomás Moro y su Utopía. Otra cosa es el sucedáneo que nos ofrece la vida suburbana, que en realidad ha sido la salvación de muchas ciudades. Como las segundas viviendas, que tenemos una cantidad totalmente desproporcionada, porque las ciudades españolas son muy agradables, pero llega un momento que no las aguantas, por mucho que los urbanistas te cuentan que lo bueno es el cemento y la alta densidad… Por ejemplo, la ciudad de Barcelona perdió en los años 80 casi cuatrocientos mil habitantes, que se fueron a vivir a su área metropolitana y nunca ha recuperado. De esto casi no se habla, pero Barcelona solo es habitable porque expulsó a un octavo de su población en menos de una década. ¿O alguien se imagina Barcelona con dos millones de habitantes ahora? Ya no digo con turistas, digo con casi otro medio millón de familias, niños y ancianos, todos buscando piso, escuela, hospital, etc., con sus mascotas. No se cabría sin rehacer la ciudad de otra forma, con más verde y espacio público. Para empezar, porque físicamente no se podría ir por la calle. Lo mismo ha sucedido con casi todas las urbes europeas, gracias al acceso masivo al vehículo privado, especialmente, pero también gracias a las redes de transporte público y las telecomunicaciones, que han abolido el tiempo y el espacio, y que ha sido un desastre ambiental. No nos engañemos. El coche tiene los días contados.

Creo que la tendencia a concentrase en las ciudades se va a acelerar porque es muy conveniente para nuestro sistema económico. Las grandes zonas urbanas son grandes mercados de productos y personas, y no creo que veamos un cambio de dirección hasta que no se produzcan una serie de eventos críticos, como el fallo de sistemas logísticos, escasez energética, monopolios en los suministros o una pandemia realmente letal.

Lo razonable sería tener políticas de asentamiento urbano menos concentrados en unas pocas zonas urbanas, invertir en el territorio para formar redes urbanas más compactas y distribuidas que no dependan de macrocentros urbanos. Pero la verdad es que no veo a nadie al timón en esto, por lo que el abandono de las ciudades será a título personal, de los pioneros que se atrevan a aceptar los cambios que trae el teletrabajo, que está aquí para quedarse. A lo mejor comprar un huerto es una decisión estratégica.

En cuanto las grandes empresas se den cuenta de que no necesitan oficinas, que la mitad del trabajo lo pueden pensar máquinas y la otra mitad hacerlo máquinas y el mercado inmobiliario sepa qué hacer con todo su excedente de oficinas, vamos a ver cosas interesantes.

José Elías dijo que para que haya buenos jardines hacen falta buenos jardineros. ¿Qué pasa con la formación en Jardinería?

José Elías sabe de qué habla. Sin jardineros no hay jardines, pero es que sin gente que cuide el entorno tampoco hay nada. Y cuidar no es señalar con el dedito en plan rollo guay para que se haga, no es como una app o un videojuego. Y hace tiempo que esta noción falla.

Lo que pasa con la formación es que no pasa nada. En parte por culpa del propio sector del verde, que ha sido autocomplaciente y se ha creído que no necesitaba evolucionar. Y en parte por subirse al discurso tecnocrático de la eficiencia, en eliminar oficio y reducir los jardineros a ser unos tipos que manejan muchas máquinas y que echan productos químicos sacados de un bote y a vivir. No sé si os acordáis del lindano, pero había gente que con eso se pegaba duchas mientras trabajaba. Evidentemente, hoy ya no están con nosotros, pero esa idea del recurso fácil, de que todo se arregla con máquinas y productos, sin pensar en consecuencias, de que todo es ir a saco sin consideración por el verde, ha hecho daño, ha sustituido al conocimiento, la dedicación y el oficio y el respeto por los jardines. Si vas vendiendo que todo es fácil y nada cuesta nada, ¿Qué esperas? ¿Qué te paguen? Y esta actitud ha generado escepticismo social, y una sociedad escéptica no invierte en un sector en el que no confía si no hay intereses brutales detrás, como los de la industria de la química y la maquinaria. Podemos sacar cuentas.

Pero hay otros factores, por ejemplo, en el sector público, parte del problema es que la ley de bases de las corporaciones locales sitúa la gestión del verde urbano junto con los servicios de recogida de residuos, que son contratos más grandes, por lo que la jardinería ha perdido sus funciones estratégicas en el urbanismo local y los contratos han quedado asimilados a la recogida de residuos, incluso a nivel presupuestario.

En muchos ayuntamientos no hay técnicos del verde, y si los hay, se les exige eficiencia, eficiencia y eficiencia sin un euro de presupuesto. No creo que sea un buen camino para la profesión, y no solo porque los salarios evolucionen a la baja, la hace poco atractiva y detrae de la función de las personas que se dedican a la jardinería, que requieren de más conocimiento.

Hay que desandar parte del camino y volver a los orígenes, aceptar una conciencia ambiental más amplía, pragmática, de conocimientos aplicados que sirvan a la sociedad en general, entender de plantas y de fauna. No hace falta abrazarse a los árboles, pero hay que tenerles más respeto. Hay que luchar más por el patrimonio vegetal y cultural que suponen. Pero es que no hay que quedarse ahí: los jardineros tienen que digitalizarse, ponerse a estudiar programación. Vienen las máquinas autónomas, y la lucha va a ser entre aquellos cuyos puestos de trabajo son fáciles de sustituir, en términos económicos, o no. La jardinería está tan maltratada en general que ahora mismo no merece la pena cambiar a una persona por una máquina, pero es cuestión de tiempo. Y alguien las tendrá que programar. O enseñarles, al menos. Mejor que lo hagan los propios jardineros. O eso creo. Fuente: AMJA

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