RoboCop, o de la domesticación de las plantas

Scarlett Johansson, por si alguien no lo sabía, es un alienígena, o al menos eso afirma Jonathan Glazer en su tercer largometraje. Quizá mejor digamos que un alienígena es Scarlett Johansson. O quizá la mejor forma de explicarlo es que un alienígena toma la forma de Scarlett Johansson y acaba sintiéndose Scarlett Johansson al entender o al menos acariciar qué es sentirse un ser humano. Su ser natural acaba mimetizándose con su entorno, con la cultura que le rodea, de forma que pierde su identidad anterior para convertirse en otra cosa: Scarlett Johansson que bajo su piel es –o fue– un alienígena, un alienígena cuyo verdadero ser es ahora Scarlett Johansson. O como diría Boyero, sin citarle: lo único que tiene la película es que sale Scarlett Johansson desnuda cada dos planos...A Jonathan Glazer le interesa el tema de la identidad perdida y la memoria no siempre pasada. En Sexy Beast, su primera película, Gal, un gánster inglés retirado –tras salir de la cárcel–, fofo y tostado por el sol almeriense, vive un retiro dorado en Agua Amarga. Ben Kingsley llega a su chalet, donde hace vida con su mujer y sus amigos también retirados, para convencerle de que vuelva a Inglaterra a dar un último golpe. Gal ya no es quien era, ni quiere ni puede serlo.

Gal y Scarlett, quizá también Boyero, son seres que por lo que sea –pasar por la cárcel, vivir como un ser humano, crearse un personaje– han perdido una identidad anterior para convertirse en otra cosa en un proceso inconsciente, casi involuntario. Y como tal, ya no hay vuelta atrás, ya no saben ser lo otro porque son solo otra cosa. O más triste: ni lo uno –lo anterior–, ni lo otro –lo que aspiran–.

Scarlett sin saber si es, ha sido o no Scarlett. Under the skin (2013).  Crédito: Film4 Productions.

La domesticación es una forma única de evolución biológica que consiste en una interacción coevolutiva en la que se produce el establecimiento de nuevas especies cuyo crecimiento y reproducción son controladas para el beneficio de otras. La coevolución provoca que la selección natural actúe en el agricultor y en el cultivo –llámese ganadero y ganado, dueño y mascota– de manera recíprocamente interdependiente –el beneficio de uno es el beneficio del otro y al revés–, y esta interdependencia se extiende, abriendo la mano, a otros organismos comensales, patogénicos o mutualistas que forman una intrincada red coevolutiva.

La agricultura o cultivo de especies domesticadas tiene en líneas generales unas características definitorias como son la siembra/inoculación/plantación de cultivares sésiles, inmóviles, en hábitats o sustratos específicos; el cultivo propiamente dicho, entendido como el manejo del cultivar para la mejora de su crecimiento o su protección; la cosecha; y la dependencia obligada o efectiva.

Y todas estas definiciones para sorprender ahora. La domesticación ha ocurrido al menos cinco veces a lo largo de la historia evolutiva, y digamos que la domesticación llevada a cabo por los humanos cuenta como una.

Gusanos de arena

Los Attini, tribus libres de A(rrakis)mazonia y m(elange)anutención, cultivan desde hace 45-60 millones de años hongos como fuente de melangeanutención. Estos moradores del desierto verde –la fertilidad de los suelos de Arrakis y la Amazonia no es tan diferente–, de ojos tan rabiosamente oscuros, son agricultores obligados, y es que los jardines de hongos son la única fuente de comida para los jóvenes y una de las más importantes para los adultos. Cuando las princesas de la tribu, criadas entre las delicadas hifas de los preciosos jardines del reino, entran en la pubertad, parten con un pequeño hatillo lleno de esperanza y micelios que muerden con fuerza proporcional a la importancia de su misión: encontrar un lugar donde asentarse, un lugar donde sembrar el micelio y crecer su propio jardín vertical y retorcido. Un hogar. Una nueva colmena.

Los attinienses cultivan sus jardines sobre trocitos de flores y hojas que cortan con mimo mezclado con excrementos de artrópodos y restos de madera o semillas. Las ahora reinas inoculan el micelio guardado en unos bolsillos infrabucales, y protegen su huerto mediante varias estrategias. En primer lugar, secuestran sus jardines del ambiente localizándolos bajo tierra o en galerías dentro de la madera, o bien los cubren de un velo de micelio protector/tamponador. También realizan militarmente inspecciones de sus jardines segando cualquier “mala hierba” susceptible de competir contra el cultivar. Estas inspecciones son llevadas a cabo también antes de incorporar nuevo sustrato en el jardín, lavándolo minuciosamente a través de secreciones bucales ricas en enzimas y antibióticos.

Así es como los Attini han conseguido crear un sistema eficiente de producción agrícola donde muchos hongos domesticados no podrían sobrevivir sin sus cuidados, que les ha permitido sobrevivir tanto tiempo y extenderse por prácticamente todo el territorio americano. Y junto a estas hormigas, ciertas especies de termitas –de la subfamilia Macrotermitinae– y escarabajos –los ambrosiales– también han desarrollado complejos sistemas de cultivos de hongos. Sin embargo, los insectos aún no le han cogido el truco a las plantas y a su necesidad de luz y reproducción habitualmente sexual.

«Un comienzo es un tiempo muy delicado»

La domesticación de las plantas comenzó hace unos doce mil años en Oriente Medio y el Creciente Fértil. A partir de ese momento, se dieron “mágicas” oleadas de domesticación en puntos diferentes del planeta: hace unos diez mil años en China, Mesoamérica, los Andes, Oceanía, unos ocho mil años en África subsahariana y unos seis mil en el este de Norteamérica. Hoy día se consideran en proceso de domesticación unas 2500 plantas, y existen 250 plantas totalmente domesticadas. La domesticación es un proceso complejo, lento, que se cree que no apareció de la noche a la mañana. Se presupone la existencia de un periodo de predomesticación en el cual se cultivaban –se sembraban y protegían– especies silvestres con características interesantes. En algún momento, estos cultivos silvestres asociados a los seres humanos empezaron a tomar nuevas trayectorias evolutivas divergentes a las de su propia especie en una primera fase de domesticación que pudo durar en algunos casos hasta dos mil años. Tras esta, se entró en una compleja fase de mejora, en la cual, en un primer momento, como subfase local, se seleccionaron dentro de un mismo ambiente caracteres deseables, seguida de una subfase dispersiva en la que se extendieron las especies domesticadas por diferentes ambientes ecológicos y culturales, momento en el que comenzó la divergencia fenotípica y genética entre las diferentes poblaciones. Estas tres fases –digamos que una fase inicial de emergencia y dos subfases de establecimiento y dispersión– que marcan el éxito de una domesticación pudieron completarse de manera secuencial y simultánea, y en todas hay mucha involuntariedad, bastante de contingencia y suerte, y algo de observación y pensamiento creativo. Una vez se asienta el proceso, se entra en una cuarta fase, la de la mejora deliberada del rendimiento, la recolección o la calidad, y aunque se asocia esta fase a los métodos de mejora modernos, esta lleva ocurriendo desde hace 11.400 años.

Cincuenta y dos razas conforman este heterogéneo grupo de maíz domesticado. Crédito: Angela N Perryman.

Existen a grandes rasgos dos tipos de caracteres en especies domesticadas en función del momento de aparición. Los caracteres de domesticación son aquellos que aparecieron en la fase inicial en la que se produjo el cambio de ruta evolutiva en los cultivos de especies silvestres y son más o menos comunes a todas las especies domesticadas. Los caracteres de diversificación surgieron a posteriori y son más variables, resultantes de una adaptación a usos específicos, preferencias culturales o condiciones de crecimiento. En cuanto a los caracteres de domesticación, los cambios producidos van destinados al aumento del rendimiento, al de su calidad alimentaria y a facilitar las prácticas agronómicas. Así, por ejemplo, un aumento del rendimiento se pudo haber conseguido con la selección de crecimiento determinado, de gigantismo o con el aumento del tamaño de frutos o semillas. La mejora de la calidad alimentaria se dio con cambios de sabor, de contenido de almidón, y con pérdidas de mecanismos de defensa contra los herbívoros. Sin embargo, probablemente los cambios más importantes fueron los destinados a facilitar las prácticas agronómicas, como la pérdida de dormición de las semillas, la maduración sincrónica o la pérdida de los mecanismos de dispersión.

En la subfase dispersiva aparecieron poblaciones divergentes de zanahoria. La de la derecha es la especie silvestre. Crédito: Pablo Cavagnaro, CONICET.

El ejemplo clásico de adquisición de un carácter de domesticación es el de la indehiscencia del grano en los cereales. En las gramíneas silvestres las espigas empiezan a amarillear desde la parte superior y en cuanto las espiguillas –contenedores de granos– maduran se desprenden de la planta. Los agricultores primigenios recogerían y sembrarían semillas silvestres que crecerían convirtiéndose en un primitivo huerto de gran diversidad genética. A la hora de la siega, habrá una colección de plantas ya maduras que habrán perdido gran parte del grano, plantas que aún no habrán madurado, y otras que estén en el momento justo. Estas últimas estarán en mayor proporción, y una parte se usará como alimento y la parte que sobre para sembrar de nuevo. A la siguiente generación, la proporción de plantas que madurarán en el momento justo de la siega será aún mayor, y por tanto respecto a esa característica esa población será más homogénea. Además, este tipo de recogida del grano constituye la condición perfecta para que una mutación espontánea que produzca la total indehiscencia del grano se expanda dentro de la población. Y es que, si este no se cae nunca, siempre se recoge todo el grano de esa planta, mientras que si solo madura en el tiempo justo habrá cierta proporción de granos que se caerán además de haber una cierta dependencia del ambiente respecto al tiempo de maduración. Así, es fácil que la indehiscencia se convierta, de nuevo, de manera totalmente inconsciente, en una característica fácilmente fijada en una especie doméstica.

¿Te gustará ser Hauser?

El conjunto de caracteres fenotípicos que diferencian una especie doméstica de una silvestre constituye el denominado como síndrome de domesticación. Parece como si el lenguaje, en un acto de rebeldía ante los beneficios de este proceso evolutivo hacia su dueña y señora, la humanidad, haya querido imprimir en la domesticación un matiz negativo. Síndrome de abstinencia, síndrome de Estocolmo, síndrome de pánico, síndrome de inmunodeficiencia adquirida, síndrome de domesticación. Y lo cierto es que para qué quiere el pobre trigo no perder sus granos, con lo que pican, con lo que pesan, con lo gritones que son. Imagino al trigo como una oscura y afligida hembra de ¿qué?, dibujada probablemente por H. R. Giger, soportando eternamente el peso de unos vástagos deformes clavados en su carne a través de sus pequeñas e irregulares mandíbulas. Quizá más que Giger se trate de un cenobita.

Pollos ferales en Hawái descendientes de los llevados por polinesios hace unos mil años. Crédito: Chad Blair, Civil Beat.

Imaginemos un escape de esos tan temidos en el mundo de los cultivos modificados genéticamente. Pero en este caso el escape ocurre durante el transporte del trigo del campo a un molino. En este ejemplo el grano está dentro de un saco. Hay un perro en la parte de atrás del remolque, porque de repente hay un remolque, claro. Está apaciblemente dormido. Una mosca revolotea. Se posa en el perro. El perro se rasca la cara. La mosca echa a volar y vuelve a posarse. El perro abre los ojos, se sacude, la mosca levanta el vuelo y se posa en el saco con grano. Nada gusta más a un perro que cazar moscas, y así es como Toby se abalanza mandíbula por delante hacia ella, mordiendo, rompiendo el saco, y provocando que un estrecho arroyo de granos de trigo nazca desde el saco hasta el final del remolque, desembocando tras una caudalosa cascada en el camino. El suelo del camino es duro, y supongamos que ninguna de las semillas allí depositadas acaba germinando. Pero digamos que, al paso de otro vehículo, una semilla acaba siendo desplazada hasta el margen del camino, algo más fértil, donde crece avena loca, una gramínea silvestre. La planta de trigo crece hermosa, más alta que la avena, orgullosa de su porte. Me dirás tú ahora para qué le sirve al trigo mantenerse turgente y no perder el grano cuando madure. Al trigo no le sirve para nada. Realmente el trigo durará ahí bien poco. Y aunque se acabe quebrando, sus semillas competirán con las de la avena que rápidamente crece y se reproduce. No tiene nada que hacer, más que boquear en busca de oxígeno durante un par de generaciones.

Lo cierto es que el síndrome de domesticación tiene mucho de síndrome –médico– al restringir las posibilidades de supervivencia de las especies cultivadas en un ambiente natural. Son menos competitivas, aunque tampoco importa mucho porque realmente no tienen de qué preocuparse salvo si son reemplazadas por otra variedad más productiva –aunque incluso en esas hoy día serán preservadas en un banco de germoplasma.

Lo curioso –vuelta de tuerca shyamalanesca– es que lo que he contado es lo que se creía de modo bastante general, que la domesticación era un camino sin retorno hacia la completa dependencia del manejo humano. Pero lo cierto es que tiene vuelta atrás, en algunos casos. El reverso de la domesticación es la feralización, la vuelta o el escape a la naturaleza. En animales domésticos es más común, aunque no requiere de una evolución tan profunda como la de las plantas –en animales son mecanismos sobre todo de comportamiento–. El caso más paradigmático es el del arroz maleza o arroz rojo, una forma invasiva que deriva de formas asilvestradas de arroz doméstico que compite en los arrozales con el arroz cultivado y que disminuye la calidad de la cosecha al ser recogido conjuntamente con la variedad comercial. Este arroz es genéticamente similar al arroz comercial y por tanto no puede tratarse con herbicidas selectivos. Además, es difícil de distinguir del arroz comercial y muchas veces no se actúa contra él hasta que la industria agraria rechaza el grano cosechado. Y cuando esto pasa suele ser demasiado tarde para actuar eficazmente, ya que el arroz maleza, recordemos el pobre trigo del margen del camino, sí se quiebra, la semilla se desgrana una vez madura y el banco de semillas del suelo se infesta de esta forma de arroz.

La domesticación y la feralización me recuerdan a las dos primeras películas hollywoodienses de ciencia ficción de Paul Verhoeven. En RoboCop, una gran empresa tecnológica convierte al fallecido agente Murphy en un cyborg sin recuerdos humanos prácticamente invencible para luchar contra la delincuencia en Detroit. El nuevo policía inevitablemente se revolverá en busca de la memoria inalcanzable de su antiguo yo. Como el arroz maleza, RoboCop nunca será ni el pasado perdido ni el futuro diseñado. Inquieto, imagino, por no haber ahondado lo que quisiera en la pérdida irreversible de la identidad, el director graba Desafío Total, en la que Douglas Quaid –AKA Hauser– descubre el borrado de su memoria e intenta en Marte volver a sus orígenes como doble –¿o triple?– agente secreto, tampoco pudiendo volver a su pasado real ni a su futuro proyectado. Si yo lloro por la domesticación del pobre trigo del margen del camino, Verhoeven llora por el triste arroz feralizado. ¿Lloraremos por lo mismo? Texto: Gerardo Carrera.