El tabaco no se seca y su memoria tampoco

Granada, 1 nov (EFE).- Si algo caracteriza al paisaje de la Vega de Granada son los secaderos de tabaco, peculiares construcciones de caña y madera, hoy en desuso, que siguen jalonando los campos arados de esta tierra, inspirando proyectos culturales, sociales y cinematográficos y perpetuando la memoria viva del lugar.

En el imaginario colectivo de los habitantes de la Vega, una fértil llanura comprendida por 41 municipios, están presentes los secaderos.

Aunque en el momento de mayor auge del cultivo de tabaco en la zona llegó a haber 6.500, hoy día solo se mantienen en pie varios centenares pero más por una cuestión sentimental y por el valor paisajístico de estas construcciones que por un motivo económico, puesto que esta actividad cesó hace varios años y actualmente es residual el número de agricultores que sigue dándole su uso originario, explica a EFE el secretario provincial de Asaja, Manuel del Pino.

"Antes, prácticamente cada agricultor tenía un secadero, hoy no son más que una imagen romántica", señala Del Pino sobre estas edificaciones -algunas de ladrillo- que los municipios del lugar tratan de aprovechar para reforzar sus señas de identidad y sus raíces, mantener vivo este trozo de historia de la Vega e incluso para sumarlos a sus atractivos turísticos.

Es el caso de Cúllar Vega, que da la bienvenida al visitante con un secadero de tabaco a escala en la rotonda de acceso al pueblo, que recibe cada año a cientos de corredores de fuera para su tradicional 'Carrera de los secaderos' y que protege desde hace años a estas típicas construcciones con subvenciones a sus propietarios para que los mantengan en pie y no opten por derribarlos.

"El objetivo de estas ayudas es mantenerlos como un elemento histórico, paisajístico y cultural", indica a EFE Jorge Sánchez, alcalde de este municipio que aún conserva 215 secaderos repartidos entre la Vega y el casco urbano, cuyos dueños los usan hoy día en su mayoría como almacén para utensilios de labranza o como sitios de recreo para reunirse en sus fincas a comer con la familia.

Una tradición que viene de lejos y que todavía se recuerda con la celebración, el jueves antes del miércoles de ceniza, del 'Jueves gordo', una fiesta típica, adaptada ya a los tiempos, con la que los agricultores conmemoraban el final del deshoje del tabaco alrededor de los secaderos.

Conscientes de su valor paisajístico, administraciones como la Junta de Andalucía han dado pasos para su protección: recientemente resolvió incluir en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz, como Bien de Catalogación General, la casa Villaviciosa y el antiguo secadero de tabaco en Pago de los Montones, construcciones ambas de finales de los años 40 y principios de los 50, coincidiendo con la época de mayor relevancia de este cultivo.

Pero los secaderos de tabaco de la Vega de Granada, universalizada en su obra por Federico García Lorca, también siguen inspirando iniciativas culturales como exposiciones en sitios emblemáticos como la casa-museo de Valderrubio que lleva el nombre del poeta y que en su infancia fue el domicilio rural de los Lorca.

Allí se exhibió hace unos meses una exposición sobre la importancia del tabaco rubio en el municipio, uno de los primeros lugares en Europa dedicados a la siembra, cultivo y producción de esta variedad de tabaco.

De hecho, Valderrubio, antes llamado 'Asquerosa', cambió en 1943 su nombre por el actual en referencia al 'valle del tabaco rubio'.

En otra exposición que puede verse estos días en el centro cultural de CajaGranada, el fotógrafo Antonio Arabesco exhibe una selección de sus obras sobre el paisaje rural de la Vega entre las que incluye varios de estos ejemplos de arquitectura agrícola cuya actividad, refleja la muestra, no volverá debido fundamentalmente a la transformación de la economía y a la especulación urbanística.

Los secaderos también han servido de inspiración al cine: la directora granadina Rocío Mesa ha concluido recientemente el rodaje de su primer largometraje de ficción, 'Secaderos', un ejercicio de reencuentro entre el hombre y el paisaje y un homenaje a esos escenarios rurales y a quienes los habitan.

Sobre ellos ha dicho: "El paisaje de mi infancia, a los pies de las montañas de Sierra Nevada, estaba repleto de secaderos de tabaco: enormes construcciones vacías que reinaban sobre el paisaje. Ante mis ojos de niña, que poco sabía de historia o agricultura, estas casas gigantes eran misteriosas guaridas de monstruos que cuidaban de la tierra".

Belén Ortiz

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